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Proyecto Fin del Mundo y el triunfo del ​​nicecore​​

Cartoon man in 3D glasses, space theme; Earth, rocket, astronaut, and galaxies.

La película protagonizada por Ryan Gosling se estrenó la semana pasada en cines en México.

IA
Cartoon man in 3D glasses, space theme; Earth, rocket, astronaut, and galaxies.

Desde hace bastante tiempo, no hay día en el que despertemos y no haya una noticia sobre cualquier catástrofe bélica, social o ambiental. La crisis de los misiles moderna, ocupaciones militares, el ascenso de la inteligencia artificial, la presencia del crimen organizado en el país, el constante detrimento de los casquetes polares, y una interminable lista de problemáticas mundiales y nacionales comunes que escuchamos por la mañana una y otra vez, parecerían ser la brújula respecto a la creación artística de nuestros tiempos. Al final, como lo dijera Wilde, la vida imita al arte. Y me parece que por muchos años así lo ha sido. Quizás desde finales del siglo pasado, una ola de fatalismo asaltó el cine popular de manera dramática, sobre todo en el latinoamericano “de exportación” para Europa y los Estados Unidos, para establecerse como la nueva norma temática tanto cinematográfica como literaria. Y esto se extiende inevitablemente a la forma; la violencia permea en el quehacer fílmico a través del lenguaje y los espacios capturados por los cineastas contemporáneos. Tan solo con una rápida revisión a los últimos participantes del continente en, por ejemplo, Cannes, Venecia, Berlín, y algunos otros festivales celebrados internacionalmente, podemos ver que tipo de películas eran aquellas que se marchaban con aplausos y galardones.

Pero desde hace algunos años para acá, y por alguna razón que desconozco, el cine exitoso, aquel que antes era absolutamente mala leche, o por lo menos aquel que es alabado en circuitos de premiación o que adquieren estatus de culto entre las audiencias, parece comenzar a tomar un rumbo distinto. Tal vez desde hace unos diez años, el mundo cinematográfico parece comenzar a adquirir intereses casi contrarios al pesimismo violento que ya había pasado el punto de convertirse en cansino. Probablemente la necesidad de un oasis entre el desastre haya sido un factor para este cambio de dirección, un giro de timón provocado por la búsqueda de un espacio seguro, de un refugio, contra el dolor constante y el camino hacia nuestra inevitable destrucción.


Astronaut floats near a spacecraft against a vivid, swirling green and orange background. La alabada cinta tiene una duración de 2 horas y 36 minutos.REELHOUSE

El Proyecto del fin del mundo —o Proyecto Hail Mary, por su título en inglés y homónimo a la novela del norteamericano Andy Weir— se alinea perfecto con esta tendencia a la que podríamos referirnos con el anglicismo de “nicecore”. Esto refiere a una intención por las sensaciones positivas frente a la pantalla, de constantes momentos de bondad y de dulzura para causar un grato sabor de boca frente a ella. Fácilmente se puede caer en sentimentalismos y cursilería empalagosa, pero, no se equivoque, el nicecore se puede hacer muy bien, generando el mismo impacto o provocación que una película provocativa desde el punto de vista ferozmente incendiario y agresivo, que también las hay buenas, por supuesto.

De esta escuela se desprenden obras maestras de los últimos años como Paddington 2, Apollo 10 ½, Marcel el caracol con zapatos, Pig, First Cow, entre muchas otras producciones estadounidenses que han apelado a la delicadeza de levantar el ánimo a través de lo positivo y de lo encantador, muchas veces (si no es que todas) hallado en lo cotidiano, incluso dentro de circunstancias extraordinarias. Y así es como llego por fin a la película nombrada en el título, Proyecto del Fin del Mundo, gran estreno de esta semana y que está maravillando a propios y extraños con su particular calidez a la hora de contar la historia de Ryland Grace, un astronauta sin memoria que busca descubrir por qué se encuentra a bordo de una nave espacial, a muchísimos años luz de la Tierra, y más adelante descubrirá un inesperado acompañante en similares circunstancias a las de él.

Al ver la película aún sin mayor hype, en una función de prensa de hace ya algunas semanas, me costó algo de trabajo subirme al tono disneychanelero rosita muy empujado en los primeros minutos de la cinta. Pero poco a poco, me fui venciendo frente a su nicecore precisamente, entendiendo que lo que Phil Llord y Christopher Miller, directores del largometraje, es, a través de su encantador dúo de protagonistas y sus aventuras en el espacio exterior, alejarse lo más posible del cinismo para hablarnos sobre una de las cosas más terrícolas que existen: la soledad. Una cinta que se gana a pulso el mote de bella, recordándonos que todo aquello que no somos, podemos llegar a serlo, tan solo si alguien más nos mira con el suficiente amor como para querer entendernos y descifrarnos. Que somos un idioma a la espera de ser descubiertos por el hablante correcto, y que no debemos de olvidar que, quizás, el verdadero Proyecto del fin del mundo son los amigos que hicimos en el camino.


Person in a spacecraft cockpit, wearing a harness, surrounded by control panels. Andy Weir, autor de la novela en la que se basa el largometraje, también escribió la novela El Marciano.WBUR

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