Miles de personas pasan todos los días por aquí.
Trolebuses, automóviles, comercios y peatones recorren una de las arterias más conocidas de la Ciudad de México. Pero mucho antes de convertirse en el Eje Central Lázaro Cárdenas, uno de sus tramos tuvo un nombre que parecía sacado de una historia de terror:
Niño Perdido.
El nombre sobrevivió durante generaciones y detrás de él crecieron distintas historias.
Una de las más inquietantes habla de un pequeño que desapareció misteriosamente en el siglo XVII, de un padre que murió sin encontrarlo y de una habitación cerrada que habría escondido durante años un terrible secreto.
Hoy la Calle del Niño Perdido ya no aparece oficialmente con aquel nombre.
Pero el lugar sigue ahí.
Y también su leyenda.
¿Dónde estaba la Calle del Niño Perdido?
Antes de convertirse en una gran avenida, lo que hoy conocemos como Eje Central Lázaro Cárdenas estaba formado por distintos tramos con nombres propios.
Entre ellos estaban San Juan de Letrán, Santa María la Redonda y Niño Perdido.
Este último nombre quedó profundamente arraigado entre los habitantes de la capital y todavía es recordado por generaciones que conocieron esta zona antes de la transformación de los antiguos caminos y calles en el actual Eje Central.
Pero la pregunta permanece:
¿Quién era aquel niño y por qué se perdió?
La inquietante leyenda del Niño Perdido
Una de las versiones populares nos lleva hasta 1659.
La historia habla de un hombre llamado Adrián de Villacaña, quien habría llegado a la Nueva España acompañado de Lauro, su pequeño hijo.
La familia cargaba con una ausencia.
La madre del niño había muerto y, según la leyenda, Adrián esperaba comenzar una nueva vida en estas tierras.
Pero Lauro no conseguía superar la pérdida.
A la tristeza del pequeño pronto se sumó otra preocupación: su padre enfermó y comenzó a temer qué sucedería con el niño si él llegaba a morir.
Fue entonces cuando decidió casarse nuevamente.
La mujer se llamaba Elvira.
Y Lauro nunca confió en ella.
Una mujer, una fortuna y un niño que estorbaba
Según la leyenda, Elvira era una mujer hermosa que habría mostrado interés por la fortuna de Adrián.
Lauro comenzó a rechazarla.
Incluso habría advertido a su padre que no confiaba en aquella mujer.
Adrián no hizo caso.
La relación entre el pequeño y su madrastra empeoró hasta que una noche ocurrió lo inesperado.
Lauro desapareció.
Buscaron dentro de la casa.
Nada.
Después salieron a las calles.
Sirvientes y vecinos recorrieron los alrededores mientras el padre intentaba encontrar desesperadamente a su hijo.
Pero nadie sabía dónde estaba.
El niño parecía haberse desvanecido.
El padre murió sin volver a verlo
Los días se convirtieron en semanas.
Después llegaron los meses.
Lauro no apareció.
La salud de Adrián empeoró y, de acuerdo con la leyenda, terminó muriendo sin conocer qué había sucedido con su hijo.
Elvira quedó entonces con la fortuna familiar.
Pero la desaparición del pequeño había sembrado sospechas.
Con el paso del tiempo, la mujer comenzó a aislarse.
Hasta que, según cuenta esta versión de la historia, perdió la razón.
Entonces pronunció unas palabras que hicieron crecer todavía más las dudas.
Aseguraba que ella no había matado al niño.
Poco después murió.
Y fue entonces cuando habría aparecido la pieza que faltaba.

Una llave y una habitación que nadie podía abrir
Entre las pertenencias de Elvira encontraron una llave.
Los empleados comenzaron a buscar qué abría hasta llegar a una habitación que había permanecido cerrada.
Entraron.
Dentro había un librero.
Y detrás del mueble descubrieron un acceso oculto.
En aquel espacio había un baúl.
Lo abrieron.
Según esta versión de la leyenda, dentro encontraron los restos del pequeño Lauro.
El niño que habían buscado por las calles durante años posiblemente nunca había salido de aquella casa.
Había estado allí todo el tiempo.
Pero existe otra leyenda del Niño Perdido
La historia de Lauro y su madrastra no es la única explicación que ha sobrevivido.
Otra antigua versión habla de un escultor español llamado Enrique Verona, quien habría llegado a la Nueva España en el siglo XVII y se enamoró de Estela de Fuensalida.
La mujer tenía otro pretendiente: un acaudalado platero llamado Tristán de Valladares.
Estela eligió al escultor.
Se casaron y tuvieron un hijo.
Tiempo después, durante un incendio que provocó confusión en la zona, el niño desapareció.
La madre salió desesperada a buscarlo.
En esta versión, sin embargo, la historia tiene un desenlace diferente.
El pequeño fue encontrado con vida.
Con el tiempo, aquel episodio habría quedado ligado al sitio y al nombre de Niño Perdido.
¿Qué hay de cierto en la historia?
Aquí debemos separar la leyenda de lo que puede documentarse.
No existen elementos históricos suficientes para asegurar que la historia de Lauro, Adrián y Elvira ocurrió exactamente como ha sido transmitida.
Además, la existencia de diferentes relatos demuestra cómo una misma calle puede acumular historias durante generaciones.
Incluso existe otra explicación relacionada con una pequeña capilla donde se recordaba el pasaje religioso del Niño Jesús perdido y posteriormente encontrado en el templo.
Por eso, determinar cuál de estas historias originó definitivamente el nombre no es sencillo.
Lo que sí está documentado es que Niño Perdido fue durante décadas el nombre de un tramo de la avenida que hoy conocemos como Eje Central Lázaro Cárdenas.
La calle fue real.
El nombre también.
El misterio está en saber qué historia lo provocó.

¿Todavía se puede visitar la Calle del Niño Perdido?
Sí.
Aunque ya no encontrarás una gran avenida llamada oficialmente Calle del Niño Perdido, puedes caminar por el mismo corredor urbano.
El antiguo tramo quedó incorporado al actual Eje Central Lázaro Cárdenas, una de las grandes arterias de la Ciudad de México.
La transformación urbana borró aquel nombre de buena parte de la señalización y modificó profundamente el paisaje.
Pero no consiguió borrar completamente su recuerdo.
Todavía hoy sobreviven referencias a Niño Perdido cuando se habla del antiguo Eje Central.
Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes de caminar por la Ciudad de México.
Podemos recorrer una avenida moderna sin imaginar todas las ciudades que existen debajo de ella.
Porque algunas calles cambian de nombre.
Los edificios desaparecen.
Las generaciones se van.
Pero las historias permanecen.
Esta crónica forma parte de La CDMX que nadie cuenta, una serie de Tele Urban sobre las leyendas, misterios e historias poco conocidas que permanecen escondidas en lugares de la Ciudad de México que todavía podemos recorrer.









