Hay una frase que suele repetirse en todos los gobiernos, sin importar el partido: en política no hay casualidades.
No significa que todo sea producto de una conspiración. Significa que los tiempos importan. Que las fotografías comunican. Que las decisiones tienen efectos políticos. Y que, muchas veces, lo que domina la conversación pública termina siendo tan importante como los hechos mismos.
La final de la Copa del Mundo dejó una de esas imágenes que difícilmente pueden entenderse sólo desde el deporte.
En el palco coincidieron la presidenta Claudia Sheinbaum, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el rey Felipe VI de España.
Tres personajes con diferencias profundas.
Trump mantiene una visión firme en temas migratorios, comerciales y de seguridad respecto de México. Sheinbaum ha defendido públicamente la soberanía nacional frente a esas presiones.
Con Felipe VI existía además un desencuentro diplomático derivado del debate sobre la memoria histórica de la Conquista. La decisión de no invitar al monarca español a la toma de posesión presidencial evidenció esa distancia.
Sin embargo, la imagen de la final del Mundial no surgió de la nada.
Semanas antes, el 25 de junio, Sheinbaum recibió oficialmente a Felipe VI en Palacio Nacional. Aquel encuentro marcó un paso importante para normalizar una relación bilateral que llevaba años marcada por diferencias. La coincidencia durante la final del Mundial fue la continuación pública de ese proceso.
No fueron dos reuniones iguales.
La primera ocurrió donde se resuelven las diferencias entre Estados: en una reunión institucional.
La segunda ocurrió donde se construyen los símbolos: frente a millones de espectadores durante el evento deportivo más visto del planeta.
Primero se recompuso la relación.
Después se mostró al mundo que era posible convivir institucionalmente pese a las diferencias.
Eso también es hacer política.
Gobernar no consiste únicamente en defender posiciones. También implica saber cuándo confrontar y cuándo tender puentes.
Pero mientras México proyectaba esa imagen de pragmatismo diplomático, dentro del país la conversación tomó un rumbo completamente distinto.
La detención del exgobernador de Baja California, Ernesto Ruffo Appel, por su presunta participación en una investigación relacionada con huachicol fiscal ocupó inmediatamente los titulares nacionales.
Ruffo enfrenta acusaciones graves y corresponderá exclusivamente a los tribunales determinar si existe responsabilidad penal. Como cualquier ciudadano, goza de la presunción de inocencia mientras el proceso judicial sigue su curso.
Hasta ahí, el Estado hace lo que debe hacer: investigar cuando considera que existen elementos para hacerlo.
Pero la política nunca se queda únicamente en los expedientes.
También vive en la conversación pública.
Y es ahí donde aparece otro tema.
Mientras el caso Ruffo dominaba la agenda nacional, Morena enfrentaba uno de sus momentos políticamente más delicados en Baja California.
La gobernadora Marina del Pilar Ávila reconoció que la voz difundida en los audios filtrados era la suya y confirmó que sostuvo conversaciones con personas que se presentaban como intermediarios estadounidenses. Al mismo tiempo negó haber concretado acuerdos irregulares o haber cometido alguna conducta ilegal.
Ese reconocimiento no prueba la comisión de un delito.
Pero sí convierte el asunto en un tema de evidente interés público.
Las autoridades deberán esclarecer quiénes eran realmente esos interlocutores, cuál era el propósito de esos contactos, qué alcance tuvieron las conversaciones y si existe alguna responsabilidad legal.
Eso corresponde a las instituciones.
Pero el análisis político pertenece a la ciudadanía.
Y desde mi perspectiva resulta imposible no observar la secuencia de los acontecimientos.
Cuando la conversación comenzaba a centrarse en un tema incómodo para Morena, el caso Ruffo terminó ocupando prácticamente toda la agenda nacional.
¿Demuestra eso que existió una estrategia?
No.
No tengo elementos para afirmarlo.
Pero tampoco dudas.
Mi opinión es que las coincidencias políticas rara vez son simples coincidencias.
Por eso sigo creyendo que en política no hay casualidades.
No porque exista una prueba de que alguien movió los hilos.
Sino porque el poder también administra los tiempos, las prioridades y las conversaciones.
Ese contraste me lleva a otra reflexión.
En el ámbito internacional, Claudia Sheinbaum ha demostrado capacidad para administrar conflictos.
Fue capaz de sentarse con Donald Trump pese a las diferencias entre ambos gobiernos.
Fue capaz de recomponer la relación con Felipe VI sin abandonar la postura histórica de México.
Es decir, distinguió entre defender una posición y cerrar definitivamente una puerta.
Esa es una habilidad política que merece reconocerse.
Pero esa misma consistencia debería observarse en el ámbito interno.
Si el Estado investiga a Ernesto Ruffo, debe hacerlo con absoluto rigor.
Y si existen dudas derivadas de unos audios cuya autenticidad fue reconocida por Marina del Pilar, esas dudas también merecen ser esclarecidas con el mismo rigor.
No para condenar anticipadamente.
Tampoco para exonerar políticamente.
Simplemente para que la ciudadanía tenga la certeza de que existe un solo estándar de actuación.
Porque la fortaleza de una democracia no se mide por la cantidad de opositores investigados.
Se mide por la confianza de los ciudadanos en que las instituciones actúan exactamente igual cuando las sospechas recaen sobre un adversario… y cuando alcanzan a alguien del propio movimiento gobernante.
Quizá todo sea una coincidencia.
Quizá no.
Esa es precisamente la esencia de una columna de opinión: plantear preguntas donde todavía no existen respuestas definitivas.
Yo, por lo pronto, sigo pensando que en política no hay casualidades.
Y cuando un tema que pone bajo presión al poder desaparece de la conversación pública justo cuando otro ocupa todos los reflectores, considero legítimo preguntarse si sólo estamos frente al azar… o frente a la forma en que el poder administra la agenda.








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