México volvió a despertar triste.
No solo porque Inglaterra nos ganó 3-2. No solo porque otra vez nos quedamos con el grito atorado, con la ilusión a medias y con esa frase que ya parece condena nacional: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.
México despertó triste porque se acabó la anestesia.
Durante unos días, el Mundial nos dio permiso de olvidar. Nos regaló camisetas, abrazos, nervios, apuestas, memes, esperanza y ese “¿y si sí?” que por momentos nos hizo sentir que todavía podíamos creer en algo juntos.
Pero terminó el partido.
Y regresó el país.
Regresaron los desaparecidos. Regresó la violencia. Regresó la pobreza. Regresó la política. Regresaron los hospitales que no alcanzan, las escuelas que esperan, las fiscalías que caminan lento, los abusos que se quedan impunes y esa costumbre mexicana de emocionarnos mucho por noventa minutos y exigir muy poco durante seis años.
Pero a mí nadie me lo preguntó: el futbol no nos quitó la realidad, solo nos la escondió un rato.
Mientras México esperaba un gol, colectivos de búsqueda denunciaban más de mil 200 desapariciones desde el inicio del Mundial. Más de mil 200 personas. Más de mil 200 familias. Más de mil 200 ausencias que no tuvieron narrador, repetición, análisis táctico ni mesa de debate.
Ese es el marcador que más debería dolernos.
Porque perder contra Inglaterra duele. Claro que duele. Pero duele más vivir en un país donde hay derrotas que ya ni siquiera nos escandalizan.
La derrota contra la impunidad.
La derrota contra la violencia.
La derrota contra la corrupción.
La derrota contra la indiferencia.
La derrota contra la costumbre.
Y como si el despertar no fuera suficiente, también despertamos con nuevos jugadores en la cancha política. El INE autorizó el registro de dos nuevos partidos: PAZ y Somos México. También dejó fuera a México Tiene Vida, Que Siga la Democracia e Inclusión y Empatía para Todos.
PAZ llega con raíces en el viejo Partido Encuentro Social, ese espacio que ya conoció el poder y que ahora intenta volver con nuevo uniforme. Somos México nace desde la llamada marea rosa, con figuras opositoras, exdirigentes, exfuncionarios electorales y perfiles que vienen de partidos que durante años prometieron cambiar al país y terminaron pareciéndose demasiado a aquello que criticaban.
Y entonces hay que decirlo de frente: ¿México necesita más partidos o necesita más vergüenza política?
Porque más partidos no significan más democracia.
Más logos no significan más ideas.
Más colores en la boleta no significan más representación.
A veces solo significan más prerrogativas, más estructuras, más dirigentes reciclados y más nombres nuevos para prácticas viejas.
Pero a mí nadie me lo preguntó: el problema de México no es que falten partidos; el problema es que sobran simulaciones.
Y peor aún: si la gente no sale a votar, si el ciudadano se cansa, si la decepción se convierte en abstención, entonces tener más partidos no debilita al poder. Al contrario, puede fortalecer a quienes ya tienen la mayoría, la estructura, el dinero, el voto duro y la maquinaria.
En 2024 votó el 61.04% de la lista nominal. Eso significa que millones decidieron, sí, pero también que millones dejaron que otros decidieran por ellos.
Después nos quejamos.
Nos quejamos del Congreso. Nos quejamos de los gobiernos. Nos quejamos de los partidos. Nos quejamos de los candidatos. Nos quejamos de que siempre son los mismos. Pero cuando llega el momento de jugar nuestro propio partido, muchos ni siquiera se presentan a la cancha.
Ahí está la contradicción.
Para ver a la Selección, México sí se organiza. Sí se reúne. Sí grita. Sí se pinta la cara. Sí se pone la camiseta. Sí se emociona. Sí cree.
Pero para votar informado, exigir justicia, revisar propuestas, castigar malos gobiernos o defender causas públicas, muchas veces nos gana el cansancio, el cinismo o la comodidad.
También quedó debajo del ruido mundialista el caso del exdirector de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, acusado por su esposa de violencia familiar tras la difusión de videos. Un tema brutal, incómodo, de esos que deberían sacudir a la opinión pública más allá de un día de escándalo.
Pero el Mundial todo lo tapa un rato.
Tapa la violencia. Tapa la política. Tapa los abusos. Tapa el enojo. Tapa la tristeza. Tapa ese México que no cabe en la fiesta, pero que siempre está ahí, esperando a que se apaguen las pantallas.
Eso también es México.
Un país que puede llenar plazas para ver un partido, pero no siempre llena las calles para exigir justicia.
Un país que puede gritar “sí se puede” frente a una pantalla, pero se queda callado cuando el poder se burla de él.
Un país que pide once guerreros en la cancha, pero acepta demasiados improvisados en el gobierno.
La Selección quedó eliminada.
Pero México no puede eliminarse de sus responsabilidades.
El verdadero quinto partido no estaba solamente en el estadio. Está en las urnas, en las calles, en las escuelas, en los hospitales, en las fiscalías, en los salarios, en la seguridad y en la dignidad de quienes llevan años esperando respuestas.
No está mal emocionarse por el futbol. No está mal llorar una derrota. No está mal creer en una Selección.
Lo triste sería creer que con eso alcanza.
Porque amar a México no es solo ponerse la camiseta.
Amar a México también es exigir. Votar. Participar. Denunciar. Incomodarse. Revisar al poder. No dejar que la política sea negocio de unos cuantos. No dejar que las víctimas se vuelvan estadística. No permitir que cada Mundial nos tape los ojos mientras el país se descompone.
Pero a mí nadie me lo preguntó: este triste despertar no debería dejarnos solo con dolor futbolero.
Debería dejarnos vergüenza.
Vergüenza de lo que toleramos.
Vergüenza de lo que normalizamos.
Vergüenza de lo poco que exigimos.
La Selección ya terminó su Mundial.
Ahora empieza el partido que de verdad importa: México contra su propia realidad.
Y ese no se gana con once jugadores.
Se gana con millones de ciudadanos despiertos.
Pero a mí nadie me lo preguntó.






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