En la política mexicana hay una palabra que se usa demasiado: traición. Y casi siempre aparece justo después de una votación.
Esta semana volvió a pasar. Algunos legisladores que hasta ayer eran aliados, compañeros de proyecto, parte del mismo bloque, de pronto se convirtieron en traidores por no votar como se esperaba. De un momento a otro dejaron de ser “compañeros” para convertirse en “los que fallaron”.
Pero nadie se detiene a pensar algo simple: en una democracia votar distinto no es traicionar, es precisamente el punto de la democracia.
La política mexicana tiene una enfermedad vieja. Aquí los acuerdos no siempre se construyen, muchas veces se dan por hechos. Se asume que la disciplina política es obediencia automática. Que el aliado está para levantar la mano cuando se le indique. Y cuando eso no ocurre, llega el discurso moral: la lealtad, el compromiso, la traición.
Pero la realidad es más incómoda.
Un aliado no es un subordinado.
Un aliado es alguien que coincide contigo mientras haya razones para coincidir.
Cuando un proyecto político necesita llamar traidor a quien piensa distinto, en realidad está revelando algo más profundo: que dejó de escuchar hace tiempo.
En México se habla mucho de mayorías. Mayoría en el Congreso, mayoría en las encuestas, mayoría en las urnas. Pero una mayoría no sustituye al diálogo. Y cuando el poder se acostumbra a tener los votos, empieza a olvidar que esos votos también se pueden perder.
La política, como la vida, está llena de alianzas temporales. A veces se coincide por convicción, otras por estrategia, otras simplemente porque el momento lo permite. Pero cuando esas coincidencias se rompen, la reacción más fácil es acusar traición.
Es la salida sencilla.
La que evita preguntarse qué cambió.
Quizá cambió la propuesta.
Quizá cambió el contexto.
O quizá alguien simplemente decidió pensar por sí mismo.
Y eso, aunque incomode, también es parte de la democracia.
Lo curioso es que este fenómeno no solo ocurre en la política nacional. Pasa en los partidos, en las empresas, en las organizaciones e incluso en las familias. Muchas veces se confunde la lealtad con la obediencia. Se espera que quien está contigo esté contigo siempre, incluso cuando las cosas dejan de tener sentido.
Pero las alianzas verdaderas no se sostienen por presión ni por disciplina. Se sostienen por convicción.
Cuando esa convicción desaparece, lo único que queda es la narrativa de la traición.
Y esa narrativa suele decir más del poder que de quienes se apartan de él.
Porque al final, cuando alguien deja de ser aliado, la pregunta importante no es quién traicionó a quién.
La pregunta importante es qué pasó en el camino para que esa alianza dejara de existir.
Pero claro…nadie me preguntó.








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