Enero llega con promesas, culpas y dietas milagro. Después de los excesos decembrinos, bajar de peso se convierte casi en una obligación social. Pero detrás del discurso de “vida sana” hay un dato incómodo: 4 de cada 10 personas experimentan ansiedad e inestabilidad emocional al iniciar dietas estrictas tras las fiestas, de acuerdo con Neuron Psicología. No es casualidad, ni falta de fuerza de voluntad.
Fuente: https://neuronpsicologia.com/salud/cara-oculta-propositos-ano-nuevo/
La presión es real. Según la macroencuesta de Statista Consumer Insights, entre los principales propósitos de Año Nuevo de las y los mexicanos están hacer ejercicio, comer sano y perder peso. El problema aparece cuando estos objetivos se traducen en restricciones extremas y expectativas irreales desde el primer día del año.
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A este escenario se suma un factor poco mencionado: el invierno. Investigaciones consultadas por el Laboratorio de Datos contra la Obesidad (LabDO) muestran que la reducción de luz natural altera el reloj biológico y los niveles de serotonina y melatonina, lo que incrementa síntomas de depresión, cansancio y cambios de humor. Es decir, el cuerpo y la mente ya están en desventaja antes de empezar la dieta.
Fuente: https://continentalhospitals.com/es/blog/impact-of-seasonal-affective-disorder-sad-and-how-to-manage-it/
El golpe se completa con el regreso a la rutina laboral, el estrés económico por los gastos de fin de año y la autoexigencia de “cumplir propósitos”. El resultado: frustración, culpa y abandono rápido de los planes alimenticios.
Especialistas coinciden en algo clave: la alimentación no es solo una cuestión de báscula. Si no se cuida la salud mental y el enfoque no es sostenible, el ciclo se repite: restricción, cansancio, abandono y recaída. Así lo señalan diversos análisis sobre nutrición y bienestar emocional.
Fuente: https://estelaurquia.com/nutricion-y-salud-mental-una-reflexion-para-empezar-el-ano/
Además, el riesgo va más allá del desánimo. El Instituto Raimon Gaja, en España, advierte que las dietas restrictivas pueden ser peligrosas tanto a nivel físico como psicológico. Saltarse comidas, mantener regímenes extremos y caer en dinámicas de culpa y compensación abre la puerta a trastornos de la conducta alimentaria.
Por eso, médicos y nutriólogos insisten en bajar el volumen al castigo y subirle a la conciencia: alimentación equilibrada, más fibra, control de porciones, menos ultraprocesados, más agua, buen descanso y actividad física regular. Sin sufrimiento, sin extremos.
Porque cuidarse no debería doler. Y porque empezar el año odiando tu cuerpo es el peor propósito posible.











