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¿Cuándo se enamora uno de la montaña?

La historia cuenta cómo un recuerdo de infancia y una inesperada aventura con su tío, llevaron al autor a enamorarse del montañismo y a entender que la montaña no se conquista: se respeta.

Illustration of a smiling hiker with gear, gazing at a mountain landscape.

Raymundo Rangel Laguna en la montaña.

Generada con IA.

Durante mucho tiempo pensé que tenía una respuesta. Hoy creo que no. Quizá uno no se enamora de la montaña en un solo momento; quizá se va metiendo poco a poco en la memoria, hasta que un día descubres que ya no puedes imaginar tu vida sin volver a ella.

Mi primer recuerdo es de cuando tenía alrededor de 10 u 11 años.


Mis papás nos llevaron a mis hermanas y a mí al campo. Recuerdo un paisaje de verdes olivo, mucho color café, direfente a los de ahora y una montaña que, para mí, entonces parecía enorme. No era el Iztaccíhuatl ni el Popocatépetl. Probablemente estaba cerca de La Marquesa o Las Tres Cruces. No recuerdo exactamente cuál era y, curiosamente, tampoco importa demasiado.

Recuerdo que iba con mis dos hermanas y que estaba pendiente de la más pequeña (Marilú) durante la caminata y mis papás de Liliana, se sentía un poco cansada. Recuerdo también una mesa con varias personas comiendo, una señora con las manos en la masa y unas quesadillas que nos ofrecieron.

Después, mi memoria se vuelve borrosa.

Es como si alguien hubiera borrado una parte del cassete.

No recuerdo la bajada. No recuerdo cómo regresamos. No recuerdo muchos detalles de aquel día.

Pero sí recuerdo algo: Me gustó mucho.

Quizá ahí comenzó todo, aunque yo todavía no lo sabía.

Una familia en el bosque En el bosque de La Marquesa, EdomexCreada por IA / Cortesía

Regresé para quedarme

Pasaron los años y aquel recuerdo quedó guardado en algún lugar de mi memoria. Hasta que, siendo adulto, la montaña volvió a aparecer en mi vida.

Tenía 24 años.

Y llegué a ella, debo decirlo, prácticamente con engaños.

El responsable fue mi tío Juan Bernal, un gran montañista que decidió llevarme a conocer ese mundo sin explicarme demasiado bien en qué me estaba metiendo.

Días antes me preguntó si me gustaban los campamentos.

Le dije que sí.

Se rio, siguió tomando su café y me dijo:

—Te voy a llevar a un verdadero campamento.

No tenía la menor idea de que aquella frase sería el comienzo de una historia que está por cumplir 21 años.

Llegamos a su casa. Me dijo que lo acompañara y comenzó a indicarme qué debía guardar: esto, aquello, aquello otro. Yo veía cómo llenábamos una mochila enorme, de unos 60 litros, sin entender realmente para qué necesitaba tantas cosas.

Al día siguiente salimos de la Ciudad de México.

El clima era aceptable hasta que comenzamos a acercarnos a nuestro destino. Entonces apareció la niebla. Una niebla cerrada que prácticamente se tragaba el paisaje.

Solo recuerdo un letrero sobre la carretera: Cráter La Joya”.

No sabía qué significaba.

No tenía la menor idea de dónde estaba.

Lo único que me emocionaba era que uno de mis primos, Isaías, me había enseñado fotografías de un viaje anterior en el que había mucha nieve.

Hasta que bajé de aquella combi roja.

Entonces la vi.

Cuatro monta\u00f1istas en el Iztacc\u00edhuatl El maestro y sus pupilos en 2005Creada con IA / Cortesía

La Mujer Dormida.

El Iztaccíhuatl.

Me quedé impactado.

Le pregunté a mi tío dónde íbamos a acampar.

Con toda tranquilidad me señaló 'Las Rodillas' de aquel volcán.

Ahí entendí que su idea de un “verdadero campamento” era muy diferente a la mía.

Comenzamos a caminar.

Había rocas, zacatales, flores de montaña y mujeres y hombres que avanzaban por la ruta con una tranquilidad que yo no compartía. Yo iba cargando aquella enorme mochila, preguntándome por qué había aceptado la invitación.

Mis primos Isaías y Antonio se reían.

Yo iba molesto, no le veía lo divertido a aquella subida.

En algún momento nos alcanzó un amigo de más de 60 años. Se llamaba Juan Ocaranza, cercano a mi tío y tenía mucha experiencia.

Me miró, sonrió y preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—24.

Entonces me dijo:

—Estás chavo. Vas a regresar.

Yo pensé:

¿Está loco? ¿Por qué tendría que regresar? ¿Por qué tendría que enamorarme de una montaña?

Ajusté nuevamente la mochila y continué.

En algún punto del camino me detuve.

Frente a mí estaban muchas piedras todas separadas como conchas de mar, después supe que a ese lugar le llamaban "LasConchas. Las nubes comenzaban a bzajar y el sol empezaba a despedirse.

Los demás continuaron.

Yo me quedé mirando.

Y fue ahí.

Ahí la montaña me secuestró.


Un joven en el volc\u00e1n Iztacc\u00edhuatl por ah\u00ed del 2005 Un montañista en su debut hace dos décadasIA / Cortesía

¿En qué momento me enamoré de la montaña?

No sé explicarlo, solo sé que sucedió.

Me enamoré como se enamora uno cuando todavía no entiende por qué está sintiendo lo que siente.

Me preguntaba una y otra vez cómo podía existir tanta paz en un lugar tan frío, tan duro y tan lejano de la vida que conocía.

Esa fue mi primera noche.

Me dolía la cabeza. Me dieron una pastilla. Salí un momento y levanté la mirada.

Las estrellas.

—Qué bonito —dije.

No necesitaba decir más.

El viento golpeaba y el frío calaba hasta los huesos, pero algo dentro de mí había cambiado.

Al día siguiente, por cuestiones de tiempo, nuestra meta fue el refugio 19, nadie llegó, lo contemplanos a lo lejos.

Bajé.

Bajé prácticamente sin freno, joven, emocionado y todavía sin entender del todo lo que acababa de vivir.

Pero ya no era el mismo que había llegado un día antes.

Los paisajes nocturnos, el atardecer, el amanecer, las risas, las bromas, las mentadas y los “buenos días” de otros montañistas se quedaron conmigo.

Fue un 12 y 13 de noviembre de 2005.

Ahí comenzó mi historia formal en el montañismo, de la mano del Grupo de Alta Montaña Atizapán México.

Han pasado casi 21 años.

Después vendrían muchas otras rutas, muchas cumbres, muchos compañeros, noches de frío, cansancio, alegrías y también momentos difíciles.

Aprendí que este mundo puede ser extraordinariamente hermoso, pero también puede ser implacable.

Y quizá esa sea una de las primeras lecciones que me dio.

La montaña no es un juego. Es para aprender.

Aprender a caminar.

Aprender a escuchar.

Aprender a respetar.

Aprender que no siempre se llega a la cima.

Y, sobre todo, aprender cuándo decir que no.

Porque en la montaña, cuando es no, es no.

Cuando el clima cambia, cuando el cuerpo no responde, cuando la ruta deja de ser segura, cuando las condiciones obligan a detenerse, hay que saber regresar.

No importa cuánto entrenaste, cuánto dinero gastaste en tu equipo, cuántas fotografías tomaste o cuánto deseabas llegar.

Hay momentos en los que simplemente hay que darse la vuelta.

Y darse la vuelta también es una forma de llegar a casa.

Con los años entendí algo más.

Hay una palabra que no me gusta utilizar cuando hablamos de una cumbre: conquistar.


Un monta\u00f1ista en el Iztacc\u00edhuatl Montañista en Cruz de Rosas, IztaccíhuatlCreada con IA / Cortesía

No me gusta decir que conquistamos una montaña.

No la vencimos.

No la sometimos.

No es un territorio que pueda ser reclamado como propio.

La montaña estaba ahí antes que nosotros y seguirá ahí cuando nosotros nos hayamos ido.

Nosotros somos apenas visitantes.

Por eso prefiero decir: “lo hicimos” antes que “la conquistamos”.

Porque nadie vence a una montaña.

La montaña no necesita demostrar nada.

Somos nosotros quienes tenemos que aprender a respetarla.

Y quizá eso sea precisamente lo que significa estar enamorado de ella.

Seguir regresando a un lugar que sabes que puede ser hermoso y peligroso al mismo tiempo.

Entender que no siempre te dejará pasar.

Aceptar que algunas veces tendrás que regresar.

Y volver, aun sabiendo que nunca tendrás el control absoluto.

¿En qué momento me enamoré de la montaña?

Durante mucho tiempo dije que fue cuando nació mi grupo, un año después de aquella primera salida.

Hoy pienso diferente.

Creo que el principio fue aquella tarde en Las Conchas, cuando las nubes comenzaron a bajar, el sol se despedía y yo, un completo inexperto de 24 años, me quedé detenido mirando un paisaje que no sabía que iba a cambiarme la vida.

No sabía nada de montañismo.

No sabía lo que vendría.

No sabía que aquella salida sería el inicio de más de dos décadas caminando entre montañas.

Solo sabía una cosa:

Quería volver.

Y volví.

Una y otra vez.

Hombre viendo al volc\u00e1n Popocat\u00e9petl Admirando a Don Goyo, el segundo más alto de MéxicoCreada con IA / Cortesía

Por eso quiero contar el montañismo desde otro lugar.

No desde la marca, la presunción o el egocentrismo.

Quiero hablar de las personas, de las historias, de los compañeros, de los aprendizajes, de los errores, de historia, de la naturaleza y de esa extraña razón por la que algunos seguimos regresando a lugares donde sabemos que el frío, el cansancio y el esfuerzo nos esperan.

Porque quizá el montañismo no consiste en llegar más alto que los demás.

Quizá consiste en aprender a caminar juntos.

En saber cuándo avanzar.

En saber cuándo detenerse.

En saber cuándo regresar.

Y, sobre todo, en entender que la montaña no se conquista.

Se respeta.

Se escucha.

Se aprende.

Y cuando finalmente nos permite llegar, no decimos que la vencimos.

Decimos algo mucho más sencillo: ¡Gracias, montaña!

Hasta la próxima ruta.

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