Tengo casi 21 años caminando en las montañas de México y todavía me producen lo mismo: alegría, nostalgia, recuerdos y momentos que se quedan para siempre. El silencio del bosque, el frío, una caminata interminable, una cumbre alcanzada después de horas de esfuerzo o simplemente detenerse a contemplar el paisaje. Con los años entendí que la montaña no solo se camina: también se aprende de ella, y muchas de sus lecciones tienen que ver con la vida.
Llegué al montañismo sin saber realmente dónde me estaba metiendo. No pagué guías ni tomé cursos al principio; aprendí explorando y escuchando los consejos de mi tío. Mi papá me había llevado antes y mis abuelos también alimentaron, de alguna manera, ese gusto por la naturaleza con sus historias de sus pueblos.
Con el tiempo entendí que una cima no es realmente el objetivo. Es la consecuencia de todo lo que ocurre antes: levantarte temprano, caminar cansado, soportar el frío, enfrentar el miedo, aprender a detenerte, ayudar al compañero y aceptar que la montaña tiene la última palabra.
Puedes tener experiencia, muchas cumbres y años caminando, pero eso no significa que la montaña te deba algo.
Ahí es donde aparece la soberbia.

He escuchado hablar de “conquistar” montañas como si una cumbre fuera un trofeo que la naturaleza nos entrega después de vencerla. También he visto cómo la experiencia puede convertirse en arrogancia, cómo algunos creen que saber más los coloca por encima de los demás o cómo llegar primero puede convertirse en una competencia.
Pero la montaña no funciona así.
La montaña es implacable
La naturaleza no entiende de egos, jerarquías ni currículums. Un cambio de clima, una mala decisión, una caída o simplemente encontrarnos en condiciones que no esperábamos pueden recordarnos, en cuestión de segundos, que nuestra experiencia no nos hace invulnerables.
Por eso, cuando se acerca la temporada principal de alta montaña en México, también pienso que deberíamos hablar de algo que pocas veces aparece en las listas de equipo: la humildad.
Volverán las ascensiones al Pico de Orizaba, al Iztaccíhuatl y a otras montañas. Volverán las fotografías en las cumbres, las madrugadas, el frío y las aproximaciones interminables. Y qué bonito es. No cambiaría esa sensación por nada, pero precisamente porque queremos seguir disfrutándola, debemos recordar que en la alta montaña un error puede ser fatal.
La soberbia puede aparecer de muchas maneras: creer que podemos continuar aunque las condiciones hayan cambiado, ignorar el cansancio, minimizar el clima, pensar que regresar es una derrota o asumir que porque alguien tiene más experiencia ya no necesita escuchar a los demás.
El filósofo Friedrich Nietzsche me ayuda a entender una parte de ello cuando toca el tema "naturaleza": frente a ella desaparecen muchas de las presiones que existen afuera, como el estatus, las apariencias o la necesidad de demostrar quiénes somos. En la montaña, el frío, el cansancio y el terreno terminan poniendo a todos en el mismo lugar.

Por ejemplo, otro filósofo, el noruego Arne Dekke Eide Naess cuestionó también la idea de que el ser humano está en el centro y que la naturaleza existe para nuestro beneficio. Tal vez por eso la palabra “conquistar” nunca me ha gustado cuando hablamos de una montaña. No conquistamos la naturaleza. Entramos en ella, la recorremos y, durante unas horas, somos sus invitados.
Saber cuándo detenerse
Baruch Spinoza plantea algo todavía más profundo: no estamos separados de la naturaleza. Somos parte de ella. Estamos sujetos a las mismas leyes que gobiernan la roca, el viento, el frío, la gravedad y el clima. Entonces, ¿por qué habríamos de comportarnos como si estuviéramos por encima de ella?
Quizá la verdadera fortaleza en la montaña no consiste en seguir cuando todos los demás se detienen. A veces consiste precisamente en reconocer que debemos detenernos.
Eso también es experiencia.
Eso también es valentía.
Y hay algo que para mí vale incluso más que una cumbre: el compañero. En la montaña tenemos que aprender a mirar al otro, escuchar, esperar y entender que cada persona tiene un ritmo, una historia y unos límites que nosotros desconocemos.

Después de casi 21 años, sigo disfrutando enormemente la montaña. Claro que me gusta. Claro que la celebro. Cada cumbre y cada lugar tienen algo especial. Pero cada vez entiendo más que la cima es solamente una parte de la historia.
Lo verdaderamente importante está en todo lo que ocurrió para llegar hasta ahí y, sobre todo, en que podamos regresar para contarlo.
La media montaña también tiene su lado hermoso y, muchas veces, me gusta más.
La temporada de alta montaña está por comenzar. Ojalá que además de crampones, casco, equipo, preparación y conocimiento, llevemos algo que no se compra y que ningún curso puede sustituir: humildad.
Porque la montaña puede darnos alegría, libertad, amistad y recuerdos que nos acompañen toda la vida. Pero también puede mostrarnos, de la manera más dura, que la soberbia tiene un precio.
Y si alguna lección me han dejado estos casi 21 años caminando entre montañas es esta: el ego pesa demasiado para cargarlo hasta la cima.








La fecha coincide con el Día Nacional del Maíz, establecido oficialmente para celebrarse cada 29 de septiembre.Cuartoscuro
¿Un elotito? En el zócalo habrá la gran elotiza y la entrada es gratisCuartoscuro
Imágenes de los satélites Copernicus Sentinel-2 que muestran el antes y el después de la devastadora inundación que azotó el norte de Nepal NASA
Imagen de satélite Sentinel-2 de la región afectada por la inundación en NepalNASA