La montaña también sabe decir que no
Corría el año 2008.
Yo estaba en mis veinte y llegué al Iztaccíhuatl con una intención que entonces me parecía sencilla: quería llegar por la Ruta de los Portillos hasta el Refugio 19.
No pude.
Me quedé en Monte Venus, a 5 mil 108 metros sobre el nivel del mar.
Lloré.
No porque la montaña hubiera hecho algo contra mí, sino porque yo sentía que había fallado. A esa edad uno todavía puede pensar que las cosas tienen que suceder simplemente porque las desea con suficiente fuerza.
A mi lado estaba mi maestro y mi tío, Juan Bernal Sampallo.
El Popocatépetl estaba ahí, como si solamente observara lo que estaba sucediendo. Yo estaba frustrado, derrotado por no haber conseguido aquello que había ido a buscar.
Entonces mi tío me dijo algo que con los años se convirtió en una de esas frases que se quedan para siempre:
“No es tu tiempo. La montaña sigue aquí. Ya llegará tu momento.”
En ese momento no lo entendí del todo.
Hoy sí.

En 2010 regresé.
Esta vez iba con mi amigo Darién, Antonio, Jorge, Oscar, mi hermana Marilú y otros amigos.
Llegamos aproximadamente a los 5 mil metros, pero una ventisca nos alcanzó y tuvimos que regresar.
Segundo intento.
Segundo “no”.
Para entonces empezaba a comprender que el Iztaccíhuatl no era una montaña a la que simplemente se le pudiera exigir una cima.
Todavía faltaba un tercer intento.

Fue en 2016.
Fui con Carolina, una amiga; nuevamente con mi tío Juan; también estaban Darién y su esposa Mari Toña.
Esta vez iba preparado.
Me había preparado físicamente durante todo el año. Sentía que llegaba en buenas condiciones y que finalmente podía ser el momento.
Pero ni siquiera llegué al tercer Portillo.
Me quedé entre el segundo y el tercero, por encima de los 4 mil 300 metros.
La montaña volvió a decirme que no.
Y ese “no” fue diferente.
Por un momento pensé en abandonar el montañismo.
Quizá hasta ahí había llegado mi historia con el Iztaccíhuatl.
Pero la montaña, como me había dicho mi tío años atrás, seguía ahí.
Y la vida tenía preparada otra sorpresa.

Cuando finalmente llegó mi momento
Después de la pandemia, en 2023, regresé.
Y esta vez sí.
Llegué a la cima.
Después de tantos años de intentos, frustraciones y aprendizajes, finalmente estaba arriba.
La primera cumbre llegó en 2023.
La segunda, en 2024.
La tercera, en 2025.
Y mañana, en 2026, volveré a buscar la cuarta.
Pero con los años también entendí que la cima no es lo más importante.
Lo importante es todo el proceso para llegar a ella.
Al principio estaba la falta de dinero. Era estudiante y muchas veces había más ganas que recursos.
Después aprendí que la condición física tampoco es suficiente, lo mental juega muchísimo.
Puedes estar fuerte, puedes entrenar, puedes caminar muchos kilómetros, pero la montaña te enfrenta al frío, la altura, el cansancio, el clima, la cabeza y a la necesidad de tomar decisiones.
Incluso recuerdo aquella ocasión en que le gritamos al guía porque nos había dejado un poco abajo.
—¡Es una bestia!
No lo dijimos por mal.
Era admiración.
Reconocíamos su fuerza, su condición para caminar y esa manera de avanzar que desde nuestra posición parecía increíble. Sus pasos parecían los de una hormiga, pero una hormiga con poder.
Y nosotros teníamos que encontrar nuestro propio ritmo.
Eso también es montaña.

Una cima se comparte
En 2024 fuimos más personas: Erick, Ray Tocayo, Eugenio, Javier, Fabiola, Isaías, Diego, Carmen Fabiola, Javier y yo.
Fue una experiencia diferente.
Caminamos durante muchas horas, principalmente porque era la primera vez de Javi y Carmencita Fabiolita.
Tenían apenas dos meses de experiencia y, aun así, se metieron de lleno en aquella misión.
Sus fuerzas los llevaron hasta Cruz de Rosas, aproximadamente entre los 4 mil 420 y 4 mil 460 metros.
Para mí, aquello fue una muestra de lo capaces que podían ser.
Seguimos los demás.
Y coronamos la cumbre por la tarde.
Pero la montaña todavía nos tenía otro regalo.
Al bajar del glaciar de Ayoloco tuvimos unas vistas impresionantes. El cielo nos regaló el que considero el mejor atardecer que he visto en mi vida.

Después nos encontramos en el campamento con Javi y Fabi.
Nos abrazamos todos.
No hacía falta explicar demasiado.
Cada quien sabía lo que había significado aquella jornada.
Al bajar disfrutamos de un buen vino.
Porque también eso es la montaña.
No solamente caminar hacia arriba.
También compartir, esperar, ayudar, reír, abrazarse y celebrar.
En 2025 la misión fue diferente.
Estuvimos Eugenio, Ray, Ray Tocayo, Isaías, Darién, Fabiola, Javier y Fabiola Bárcenas.
Esta vez vi a un equipo con un paso impresionante.
Pero lo que más me llamó la atención fue otra cosa: el temple, la categoría y la evolución de Javi y Fabi.
Ellos habían hecho una promesa: regresar.
Y cumplieron.

Lo hicieron de una manera impresionante.
Tuve la fortuna de llegar primero y después encontrarme con ellos. Los tres coronamos juntos.
La noche nos recibió con luna llena y después llegó un amanecer en el doblez de Ordóñez, a 5 mil 119 metros.
Ahí acampamos.
Y nuevamente contemplamos una vista espectacular.
También nos acompañaron José Manuel y Alex, junto con sus respectivas parejas.
Otra ruta.
Otra experiencia.
La misma montaña.
Y otra lección.

20 años, 20 cimas
Este año hay una razón más para que la historia tenga un significado especial.
Club Alpino AIRE cumple 20 años.
AIRE nació en 2006 y, para celebrar estas dos décadas, me propuse un reto: 20 cimas en un año.
Ya casi están.
Han sido Monte Tláloc, Ajusco, Téyotl, Amacuitécatl, Nevado de Colima, Ajusco por segunda vez, La Malinche, Chichinautzin, Ermita San Miguel, Tláloc, Sierra Negra, Xihuingo, Tlatelmanche, Coconetla, Tetzálcoatl, Cuauhtzin, Tulmiac, Telapón y Cofre de Perote.
Diecinueve cimas.
Mañana podría llegar la número 20.
Y no podía ser en otro lugar.
Tenía que ser en mi casa.
En mi volcán.
Porque, de alguna manera, soy hecho en el Iztaccíhuatl.
Ahí aprendí que no siempre se llega.
Ahí lloré.
Ahí pensé en abandonar.
Ahí aprendí a esperar.
Ahí entendí que prepararse no significa tener garantizada la cima.
Ahí regresé después de la pandemia.
Y ahí finalmente llegó mi momento.
Mañana vuelvo a buscarla.
Van Javi y Faby, que intentarán llegar por segundo año consecutivo.
Va Darién, mi eterno amigo.
Van amigos nuevos: Puyol, Carlitos Durán, el rey de las montañas, un histórico caminante de este volcán, e Israel.
Y, para mi sorpresa y para mi enorme alegría, estará también Bere, mi esposa.
Con ella intentaré darme un abrazo en la cumbre.

No sé si mañana estaremos arriba.
Y está bien.
Después de tantos años aprendí que no podemos exigirle nada a la montaña.
Podemos prepararnos.
Podemos entrenar.
Podemos caminar.
Podemos intentarlo.
Pero al final hay que respetarla.
Respetar sus condiciones, su clima, sus caminos y su naturaleza.
Kilómetros tenemos muchísimos. Cumbres, pocas.
Pero no importa.
Cada ruta es diferente.
Cada salida es distinta.
Cada persona que camina contigo deja algo.
Cada fracaso enseña.
Cada regreso tiene otro significado.
Y cada cima, cuando finalmente llega, dura solamente un instante.
Lo demás es lo que realmente construye la historia: la preparación, los nervios, las conversaciones, el cansancio, las risas, los amigos, los paisajes, las decisiones, los errores, los abrazos y esos amaneceres que solamente puedes encontrar allá arriba.
Mi tío Juan me lo dijo en 2008.
Yo solamente tardé algunos años en entenderlo.
“No es tu tiempo. La montaña sigue aquí. Ya llegará tu momento.”
Mañana volveré a caminar hacia ella.

Después de tres “no”, tres cumbres y muchísimos kilómetros, no voy a demostrarle nada a nadie.
Voy a caminar.
Voy a intentarlo.
Y, si la montaña lo permite, arriba estará ese abrazo con Bere.
Porque al final, después de tantos años, solamente puedo decir una cosa:
Gracias a la montaña por tanta felicidad.
Y gracias al Iztaccíhuatl por todos sus “no”.
Porque gracias a ellos aprendí a esperar el momento en que pudiera decir:
ahora sí.









