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4 de Septiembre de 2026

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La montaña de Valentina

La montaña es hermosa, pero también peligrosa. Valentina de 14 años y una montaña por delante. Su primera cima junto a su papá dejó una lección que va mucho más allá de llegar a la cumbre.

La montaña de Valentina, la columna de hoy

Valentina, a sus 14 años, en la montaña que le regaló su primera cima junto a su papá

Creada con IA / Cortesía

Cada salida a la montaña es diferente. Toda ruta tiene su propia historia, aunque alguien pueda decirte que todas las montañas son iguales. Yo no estoy de acuerdo. No lo son. Cambia el paisaje, cambia el clima, cambia el terreno, cambian las personas que te acompañan y, sobre todo, cambia lo que uno se lleva de regreso a casa.

Hace dos sábados viajamos a Veracruz con una misión muy clara: intentar llegar a la cima del Cofre de Perote.


Éramos 14 integrantes de nuestro grupo, acompañados por seis amigos del grupo "Montaña Sagrada". En total, un buen grupo para caminar, compartir, reír y, como suele suceder en la montaña, enfrentarnos a lo que el camino tuviera preparado.

Pero esta vez había alguien que terminaría convirtiéndose en el personaje principal de nuestra historia.

Se llama Valentina y tiene 14 años.

Llegó a la montaña con esa mezcla que tienen quienes todavía conservan intacta la capacidad de soñar: una sonrisa enorme, curiosidad por todo y una amabilidad que, al menos para quienes tuvimos la oportunidad de conocerla, parece haber heredado de su padre, Óscar.

Padre e hija en la Laguna de Tilapa Un viaje lleno de emoción entre padre e hija en el Cofre de PeroteIA / Cortesía

Caminamos juntos

Cuando Valentina se detenía, nosotros también. Porque en la montaña hay una regla que para mí está por encima de cualquier cumbre: somos equipo.

Tres compañeros, Eugenio, Miguel y Angy, estuvieron pendientes de ella buena parte del recorrido, al igual que mi esposa y yo. A veces se adelantaban, otras se quedaban a su lado. Nos íbamos intercambiando posiciones; unos subían, otros bajaban, pero todos estábamos pendientes. Así debe ser la montaña: nadie tiene que demostrar que es más fuerte que los demás.

Valentina preguntaba por los teporingos. Le explicamos que ahí no era su hábitat y comenzamos a hablar de la fauna que sí podía encontrarse en aquella zona: ardillas, linces, coyotes, zorra gris.

Mientras tanto, el Cofre nos iba mostrando sus diferentes caras.

El clima era templado, pero cambiaba constantemente. La neblina aparecía y, cinco minutos después, se abría para dejar pasar el sol. Después volvía a cerrarse.

La montaña respiraba y nosotros caminábamos.

Más adelante, cuando el último tramo comenzaba a hacerse evidente, Valentina preguntó:

¿Falta mucho?

Le respondí que llegaríamos hasta donde estaban aquellas antenas. Ahí estaría nuestra meta.

Me adelanté un poco.

Quería grabar su llegada.

Y entonces ocurrió.

Valentina apareció, lo había logrado.

Cofre de Perote, la octava cumbre m\u00e1s alta de M\u00e9xico El Cofre de Perote, dentro del top 10 entre las montañas más altas de MéxicoIA / Cortesía

Padre e hija en la cima

Su cara lo decía todo. Estaba emocionada. Óscar, su papá, también: Habían llegado juntos, era la primera cima de ambos.

Si bien Óscar había subido a más de 5 mil metros, nunca había logrado una cima.

Dirían "Los tiempos de Dios son perfectos", y así fue, simplemente su momento no había llegado.

La vida dijo hasta que lo logres con tu hija, y así sucedió, se abrazaron.

Y en ese momento la montaña dejó de ser una montaña.

Fue simplemente un padre y su hija celebrando algo que difícilmente olvidarán.

Entonces entró una llamada.

Era la mamá de Valentina.

—¿Dónde estás?

Y desde aquella cima, con la emoción todavía en la voz, Valentina respondió:

En la cima.

Del otro lado del teléfono solamente se escucharon gritos, felicitaciones y palabras de apoyo.

Valentina tenía 14 años y acababa de conquistar su primera cumbre.

Pero la historia todavía no terminaba.

Porque llegar arriba no siempre es lo más difícil.

Valentina, un perro de monta\u00f1a y un cofre lleno de sorpresas Valentina, a sus 14 años, a dos días de sus 15 consiguió la cumbre del Cofre de PeroteIA / Cortesía

Laguna de Tilapa, la enseñanza

Entonces nuestro guía hizo una pregunta que no era menor: se logró la cima, ¿regresamos al campamento o continuamos a la Laguna de Tilapa?

Decidimos continuar y lo logramos.

Vistas indescriptibles, emoción al máximo.

La noche comenzaba a caer.

El frío aumentó. El sol desapareció. La oscuridad terminó por alcanzarnos.

Comenzó otra montaña, la que no perdona y apareció uno de esos pequeños errores que en la montaña pueden convertirse en grandes desafíos.

Algunas personas habían olvidado su lámpara en el campamento.El cansancio apareció. El terreno se volvió más complicado. Hubo tropiezos.

El guía se adelantó un poco para revisar el camino y nosotros nos quedamos acompañando a Valentina, hubo diferencias, pero nada que no podamos resolver, somos equipo.

Le cambiamos los bastones a Valentina y seguimos.

Óscar nunca dejó de estar pendiente de su hija. Sus amigos tampoco. Y entre todos fuimos encontrando la manera de que aquella niña de 14 años pudiera completar el recorrido.

Pap\u00e1 e hija en el Cofre de Perote Valentina agotada tomando un descanso cerca de completar el recorridoIA / Cortesía

No era una competencia.

No había nada que demostrar.

Había que regresar.

Finalmente encontramos el camino que buscábamos y esta vez ya no lo soltamos.

Llegamos al campamento cansados, con frío, con sueño y con esa satisfacción que solamente entiende quien ha pasado varias horas caminando en la montaña.

Hubo abrazos, y después, prácticamente todos dormimos.

Al día siguiente llegó el desayuno, las conversaciones y el momento de pensar en lo ocurrido.

Hubo algunos brindis y los recuerdos de una ruta de aproximadamente 20 kilómetros.

Porque la montaña es hermosa, pero no perdona los errores.

Una lámpara no es un accesorio. Los bastones no son un adorno. El casco tampoco. La preparación, el equipo y la responsabilidad individual forman parte de la montaña tanto como el paisaje.

El Cofre de Perote supera los 4 mil metros de altitud. No es un paseo cualquiera y todos quienes estuvimos ahí sabíamos a qué nos enfrentábamos.

Valentina era la primera vez que hacía algo así; a dos días de cumplir sus 15 años.

Pero nosotros, los adultos, también teníamos una responsabilidad.

La montaña enseña eso: que no siempre se trata de encontrar culpables. Se trata de reconocer los errores, aprender de ellos y regresar mejor preparados la próxima vez.

También nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: cada quien lleva su propio ritmo.

Bajando de la cumbre y rumbo a la Laguna de Tilapa Caminantes en acciónIA / Cortesía

En la montaña se trabaja en colectivo, pero también hay responsabilidad individual.

Esta vez regresamos bien.

Y eso es lo verdaderamente importante.

Porque para algunos, la cima representa el éxito.

Para nosotros no.

La cima es solamente una parte del camino.

Lo relevante está en todo lo que ocurre mientras subes.

La neblina que aparece y desaparece, el sol que vuelve, las conversaciones, el cansancio, la lluvia, el frío, los compañeros que esperan y esa mano que aparece cuando ya no puedes más.

Porque una cumbre puede repetirse.

Una fotografía puede volver a tomarse.

Pero regresar sano y salvo a casa es siempre la verdadera meta.

Valentina ya tiene su primera y en su primer intento.

A los 14 años y de la mano de su papá.

Ojalá sea la primera de muchas.

Felicidades, Valentina y Óscar, padre e hija en la cima.

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