México no cambió, México se anestesió con goles. Durante estas semanas, el país parece respirar distinto. No porque las madres buscadoras hayan encontrado a sus hijos. No porque la economía haya dejado de apretar. No porque la CNTE haya resuelto el futuro educativo de millones de niños. No porque la relación con Estados Unidos esté tranquila. No porque los escándalos políticos se hayan aclarado.
Nada de eso.
México respira distinto porque la Selección ganó
Y cuando la Selección gana, algo pasa. El país se permite creer. Se permite sonreír. Se permite salir a la calle con una bandera sin preguntarse de qué partido político es. Se permite gritar un gol como si en ese grito cupiera todo lo que no ha podido resolver.
El Mundial cambió el ánimo nacional.
No el fondo.
Y ahí está el detalle.
Porque mientras el país celebra, la realidad espera afuera del estadio.
Espera en las madres buscadoras, que no pueden ponerle pausa al dolor porque haya partido. Espera en las familias que siguen recorriendo terrenos, fosas, caminos y oficinas buscando una respuesta que el Estado no ha sabido darles.
Espera en la economía, que puede tener cifras tranquilizadoras en los reportes, pero no siempre se siente igual en el bolsillo. Porque una cosa es que los indicadores respiren y otra muy distinta es que la quincena alcance.
Espera en la educación, donde la CNTE volvió a recordarnos que las aulas también son territorio político. Que los maestros protestan, que los gobiernos negocian, que los recursos se discuten, pero que al final los niños son los que terminan pagando las cuentas de los adultos.
Espera también en la relación con Estados Unidos, esa relación que nunca se calma del todo. Solo cambia de tono. Un día es migración, otro día seguridad, otro día comercio, otro día políticos mexicanos incómodos ante Washington.
Y espera en los escándalos que el Mundial mandó momentáneamente a segundo plano.
Ahí está el video atribuido al exdirector de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, señalado por su esposa por violencia familiar. Un caso que no solo exhibe una presunta agresión: exhibe algo mucho más incómodo. El poder también tiene puertas cerradas. Y muchas veces, lo que se predica en público no coincide con lo que ocurre en privado.

Eso también es México
El México que canta el himno en el estadio y el México que guarda silencio en casa.
El México que presume fiesta mundialista y el México donde las mujeres siguen pidiendo protección.
El México que recibe turistas y el México donde miles de familias siguen buscando desaparecidos.
El México que grita goles y el México que no sabe qué hacer con su propia rabia.
Por eso el Mundial es tan poderoso.
No porque resuelva algo, sino porque suspende la sensación de caída.
Nos da una pausa. Nos da una ilusión. Nos da una narrativa común. Nos permite creer que por noventa minutos sí podemos estar del mismo lado.
Y eso no es poca cosa.
Pero tampoco es suficiente.
Porque la fiesta también revela quiénes somos.
Ahí está el caso de Tere Fifas, mojada desde la tribuna con una supuesta “cerveza”. Y digo supuesta porque los que tenemos barrio, los que conocemos los estadios, sabemos que muchas veces lo que vuela en un vaso no necesariamente es el líquido fermentado con cebada.
Pero el fondo no es el líquido.
El fondo es la educación
En un estadio donde entrar cuesta lo que muchos mexicanos no ganan en semanas, alguien demostró que el dinero compra boletos, pero no educación. Que se puede tener acceso, privilegio y recursos, y aun así no tener el mínimo respeto por una mujer, por el espacio público ni por el país que supuestamente se está representando.
La educación no está en la posición social.
La educación se mama en casa
Y esa escena también fue Mundial. También fue México ante los ojos del mundo. No solo los goles, no solo el color, no solo la fiesta. También la falta de respeto, la burla, la impunidad de quien cree que pagar una entrada le da derecho a comportarse como quiera.
El estadio se volvió espejo.
Nos mostró al México alegre, generoso, solidario, capaz de abrazarse con desconocidos por un gol.
Pero también al México gandalla, clasista, abusivo, que cree que la fiesta justifica todo.
Y en medio de todo esto aparece una ironía política deliciosa.
El Mundial se consiguió para México en tiempos de un gobierno priista, pero puede terminar convertido en bandera emocional de un gobierno morenista.
Nadie sabe para quién trabaja
Porque si la Selección sigue ganando, el gobierno va a querer subirse a la foto. No importa quién gestionó, quién firmó, quién heredó o quién organizó. En política, el aplauso se lo queda quien aparece en el balcón cuando la multitud está feliz.
Y Morena lo sabe.
Sabe que un país contento reclama menos.
Sabe que un gol baja la tensión.
Sabe que una Selección ganadora mejora el humor social.
Sabe que mientras haya fiesta, muchas preguntas pueden esperar.
Pero solo pueden esperar.
No desaparecer.
Porque el Mundial termina.
El Pride pasa.
La visita del rey de España se archiva.
La música se apaga.
Los turistas se van.
Las banderas se doblan.
Los goles se vuelven recuerdo.
Y entonces viene el despertar.
Ese despertar puede ser duro.
Porque cuando el árbitro pite el final, México tendrá que volver a mirarse sin pantalla gigante, sin himno, sin camiseta, sin emoción prestada.

Ahí estarán los mismos pendientes
Los desaparecidos.
Las madres buscando.
Los maestros protestando.
Los niños esperando clases.
Los bolsillos apretados.
La violencia contra las mujeres.
La presión de Estados Unidos.
Los políticos que prefieren el aplauso antes que la explicación.
Por eso este mes no debe leerse solo como fiesta.
Debe leerse como advertencia.
México tiene derecho a celebrar. Claro que sí. Un país tan golpeado también necesita respirar. También necesita abrazarse. También necesita creer.
Pero celebrar no puede significar olvidar.
Porque ningún gol desaparece una fosa.
Ninguna fiesta corrige una economía desigual.
Ningún boleto caro compra educación.
Ninguna visita real resuelve una relación bilateral incómoda.
Ningún Mundial sustituye al gobierno.
Y ningún triunfo deportivo borra la violencia que se vive en silencio.
México no está mejor
México está emocionado. Y la emoción, aunque necesaria, también puede ser peligrosa cuando se confunde con solución.
Cuando termine la fiesta sabremos si este Mundial fue un respiro o una anestesia.
Pero ya que estamos hablando de futbol, fiesta y Mundial, habría que preguntarnos algo:
Si México tuviera que armar un once ideal, pero no de jugadores, sino de causas urgentes, ¿quiénes tendrían que salir a la cancha?
Mi once sería este:
- Encontrar a los desaparecidos.
Porque ningún país puede llamarse ganador mientras haya madres buscando a sus hijos con sus propias manos. - Igualdad real entre hombres y mujeres.
No en discursos, no en campañas, no en comerciales institucionales. Igualdad en la casa, en la calle, en el trabajo, en la justicia y en el poder. - Cerrar la brecha salarial.
Porque hacer el mismo trabajo y ganar menos no es diferencia: es injusticia maquillada de costumbre. - Combatir la corrupción desde la raíz.
No solo perseguir al que se cayó del sistema, sino cerrar la puerta por donde siempre se han fugado los recursos públicos. - Justicia pronta para las personas privadas de la libertad.
Ni inocentes pudriéndose años en prisión preventiva, ni culpables libres por carpetas mal hechas. La justicia lenta también es injusticia. - Educación digna.
Escuelas con maestros, baños, tecnología, seguridad, alimento, horarios completos y futuro. Porque sin educación no hay movilidad social; hay condena heredada. - Salud pública sin eslogan.
No “como Dinamarca” en el discurso, sino como derecho real en la clínica: medicinas, especialistas, camas, atención oportuna y trato humano. - Alto al crimen organizado.
No administrar la violencia. No acostumbrarnos a ella. Recuperar territorios, carreteras, comunidades y vidas. - Cárcel a políticos corruptos.
No inhabilitaciones simbólicas, no pactos de silencio, no exilios dorados. Cárcel, recuperación del dinero y castigo ejemplar. - Cuidar los recursos naturales.
Agua, bosques, mares, aire, selvas y tierras. Porque no hay desarrollo posible si destruimos el país que decimos querer. - Terminar con la pobreza extrema.
No reducirla para la gráfica. Terminarla como prioridad nacional. Que nadie en México tenga que escoger entre comer, curarse o mandar a sus hijos a la escuela.
Ese sería el once que México tendría que mandar a la cancha. Y aquí no habría suplentes.
Porque estos partidos no se ganan en noventa minutos. Se ganan con años de trabajo, gobiernos serios, ciudadanos exigentes y memoria.
La Selección puede regalarnos alegría, y se agradece. Pero el verdadero campeonato de México no se juega contra otro país, se juega contra sus propias deudas. Y ese partido todavía lo vamos perdiendo.
Pero bueno… A mí nadie me lo preguntó.








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