En 2027 México renovará la Cámara de Diputados y elegirá gubernaturas en 17 entidades. Formalmente será una elección intermedia.
Políticamente puede ser algo bastante más importante:
la primera gran eliminatoria rumbo a 2030.
Porque además de gubernaturas, diputaciones, congresos y alcaldías, ese día estarán en juego cosas que no aparecerán impresas en ninguna boleta: liderazgos, proyectos personales, equilibrios internos y futuras posibilidades presidenciales.
Y aunque nadie debería presentar hoy como candidato presidencial a quien no lo es, también resultaría ingenuo pensar que los principales actores políticos no están observando 2027 pensando en lo que viene después.
Pero antes de hablar de quién podría llegar a 2030 hay una pregunta mucho más importante:
¿qué pasará cuando el hombre alrededor del cual giraron prácticamente todas las elecciones de la última década ya no esté en el centro de la cancha?
El gran ausente podría ser López Obrador
Hay una diferencia entre 2027 y prácticamente todas las grandes elecciones mexicanas de los últimos años que puede terminar siendo mucho más importante que cualquier candidatura:
Andrés Manuel López Obrador podría no estar.
O, cuando menos, podría no estar como lo conocimos electoralmente.
En 2018 fue candidato.
En 2021 era Presidente, encabezaba diariamente la mañanera y su figura dominaba buena parte de la discusión política alrededor de la elección intermedia.
En 2024 no apareció en la boleta, pero era Presidente y la elección estuvo inevitablemente atravesada por una pregunta: continuidad o ruptura con su proyecto.
2027 puede ser diferente.
López Obrador ya no será Presidente.
No será candidato.
No tendrá una conferencia matutina diaria.
No controlará desde Palacio Nacional buena parte de la agenda informativa.
Y si mantiene el patrón de apariciones públicas esporádicas que ha seguido desde que dejó la Presidencia, existe incluso la posibilidad de que su presencia durante las campañas sea limitada.
Nadie puede afirmar hoy que López Obrador no aparecerá durante el proceso electoral.
Puede hacerlo.
Puede emitir un mensaje, respaldar a Claudia Sheinbaum, intervenir ante alguna coyuntura o simplemente decidir que es momento de recordarles a todos que sigue ahí.
Pero ésa es precisamente la diferencia.
Antes teníamos que preguntarnos:
¿qué va a decir López Obrador durante la elección?
En 2027 quizá tengamos que preguntarnos:
¿va a decir algo?
Y ese cambio es enorme.
Porque tendremos una oportunidad que prácticamente no hemos tenido desde el nacimiento de Morena:
medir cuánto vale Morena sin AMLO en el centro de la campaña.
No cuánto vale su legado.
No cuánto pesa todavía su nombre.
No cuánto influye dentro del movimiento.
Sino algo mucho más elemental:
¿cuántos votos puede conseguir Morena cuando López Obrador ya no es candidato, Presidente, principal comunicador ni protagonista cotidiano de la elección?
Durante años resultó prácticamente imposible separar tres cosas:
López Obrador.
Morena.
Y la llamada Cuarta Transformación.
En 2027 podremos comenzar a hacerlo.
Claudia también estará en la boleta
Aunque su nombre no aparezca.
Si Morena conserva la mayoría de sus gubernaturas, mantiene una posición dominante en la Cámara de Diputados e incluso consigue arrebatar territorios importantes a la oposición, Claudia Sheinbaum podrá reclamar algo que ningún discurso presidencial puede otorgarle:
votos propios.
Y Morena habrá demostrado algo todavía mayor:
que puede sobrevivir electoralmente a su fundador.
Pero el escenario contrario sería mucho más incómodo.
Si Morena pierde estados importantes, disminuye significativamente su votación y aparecen fracturas internas, inevitablemente surgirá una pregunta que hoy pocos dentro del movimiento quieren formular:
¿Morena era tan fuerte como creíamos o López Obrador era mucho más importante de lo que quisimos reconocer?
Y existe otro escenario.
Que AMLO regrese.
Una aparición.
Un video.
Una carta.
Un discurso.
Si eso modifica encuestas, moviliza estructuras o cambia campañas, tendremos una medición extraordinaria sobre cuánto poder conserva un expresidente fuera de Palacio Nacional.
Pero también podría provocar otra cosa:
volver a desplazar a Claudia Sheinbaum del centro de la conversación.
Y entonces la pregunta sería todavía más incómoda:
¿a quién pertenece políticamente Morena?
¿A su fundador?
¿A la Presidenta?
¿A sus gobernadores?
¿A sus militantes?
¿O finalmente se convirtió en una institución capaz de caminar sin dueño?
Morena contra Morena
Antes de enfrentar a la oposición, Morena tendrá que sobrevivir a Morena.
La cantidad de personajes que buscan las gubernaturas demuestra la capacidad de atracción del partido gobernante, pero también anticipa su problema.
Todos quieren entrar.
No todos pueden ser candidatos.
Y ahí comienza el conflicto.
Porque ganar produce aliados.
Repartir candidaturas produce enemigos.
Querétaro, Guerrero, Chihuahua, Michoacán, Sinaloa, Baja California y otras entidades tendrán batallas internas que pueden resultar tan importantes como la elección constitucional.
Por eso el desafío de Morena no será solamente escoger a quien tenga mayores posibilidades de ganar.
Será convencer a quienes pierdan internamente de que sigan trabajando para quien los derrotó.
Los estados laboratorio
Querétaro será una prueba de expansión para Morena y de supervivencia territorial para el PAN.
Chihuahua será otro laboratorio fundamental, con figuras como Marco Bonilla del lado panista y personajes como Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar dentro de la disputa morenista.
Nuevo León será probablemente la elección más importante para Movimiento Ciudadano.
Perderlo significaría mucho más que perder una gubernatura.
Significaría poner en duda la capacidad del partido para convertir una experiencia regional en un proyecto nacional.
Sinaloa llegará inevitablemente atravesado por seguridad y gobernabilidad.
Michoacán tendrá exactamente el mismo problema.
Y Baja California permitirá observar qué ocurre cuando un partido dominante comienza a fragmentarse internamente.
No necesitamos analizar las 17 gubernaturas como si todas significaran lo mismo.
No lo significan.
Algunas elegirán gobernador.
Otras pueden cambiar la conversación nacional.
2030 ya tiene nombres, aunque todavía no tenga candidatos
Después viene la parte que apasionará a la clase política.
La sucesión.
En Morena existen dos personajes que aparecen recurrentemente en las primeras mediciones hacia 2030:
Omar García Harfuch y Marcelo Ebrard.
Harfuch tiene un activo y un riesgo que son exactamente el mismo:
la seguridad.
Si el gobierno de Sheinbaum consigue mostrar resultados perceptibles en reducción de violencia, el secretario de Seguridad puede acumular un capital político enorme.
Si fracasa, difícilmente podrá separarse del resultado.
Su futuro político puede depender menos de una campaña que de las estadísticas criminales de los próximos cuatro años.
Marcelo Ebrard juega otra partida.
No necesita demostrar experiencia.
Necesita demostrar vigencia.
Ya buscó la candidatura presidencial de Morena y perdió frente a Claudia Sheinbaum. Su posición al frente de Economía y su participación en asuntos como el T-MEC lo mantienen en el centro de decisiones estratégicas.
La pregunta es si 2030 será todavía su oportunidad.
Y después aparece un apellido inevitable.
López Obrador.
Pero esta vez acompañado de otro nombre.
Andy.
El otro López Obrador
Andrés Manuel López Beltrán ha hecho pública su intención de buscar una diputación federal por Tabasco.
Eso no lo convierte automáticamente en presidenciable.
Ni debería presentarse como tal.
Pero sí convierte 2027 en algo que hasta ahora nunca habíamos tenido:
una prueba electoral directa para Andy López Beltrán.
Hasta hoy conocemos su apellido, su cercanía con el fundador de Morena y su trabajo dentro de la estructura partidista.
En 2027 podremos comenzar a conocer otra cosa:
sus votos.
Y aquí aparece una de las paradojas más interesantes de toda la elección.
La primera gran elección en muchos años con una presencia posiblemente menor de Andrés Manuel López Obrador puede terminar teniendo otro López Obrador en la boleta.
¿Su apellido transfiere votos?
¿Andy puede construir una carrera política propia?
¿Será diputado y nada más?
¿Puede convertirse eventualmente en un actor nacional?
¿Su apellido es su mayor activo o terminará siendo también su principal obstáculo?
Hoy no tenemos respuestas.
2027 puede comenzar a proporcionarlas.
Movimiento Ciudadano también tiene su eliminatoria
Movimiento Ciudadano tiene cuando menos tres nombres nacionales que habrá que observar:
Samuel García, Luis Donaldo Colosio Riojas y Jorge Álvarez Máynez.
Para Samuel García la ecuación es sencilla.
Antes de pensar en Palacio Nacional necesita conservar Nuevo León para su partido.
Si MC pierde el estado, su narrativa nacional recibe un golpe importante.
Si lo conserva y además crece nacionalmente, ocurre exactamente lo contrario.
Luis Donaldo Colosio Riojas continúa siendo inevitablemente mencionado por su nivel de conocimiento y trayectoria política, aunque él mismo ha descartado hasta ahora estar trabajando en una candidatura presidencial para 2030.
Y Álvarez Máynez tiene algo que los otros dos no tienen:
ya fue candidato presidencial.
La elección de 2027 puede determinar cuál de esas tres rutas pesa más dentro de Movimiento Ciudadano.
El PAN necesita algo más que nombres
En Acción Nacional aparecen personajes como Ricardo Anaya, Mauricio Kuri, Lilly Téllez, Teresa Jiménez y el propio dirigente Jorge Romero.
Pero quizá el PAN está planteando demasiado pronto la pregunta equivocada.
Antes de preguntarse quién puede ser candidato presidencial debería preguntarse:
¿con qué territorio llegará a 2030?
Mauricio Kuri tendrá una prueba directa en Querétaro.
Teresa Jiménez en Aguascalientes.
El PAN también defenderá Chihuahua.
Si conserva sus principales bastiones y consigue crecer, podrá comenzar a hablar seriamente de reconstrucción nacional.
Si solamente administra lo que le queda, tendrá candidatos.
Pero quizá no tenga proyecto.
Y el PRI primero tendrá que sobrevivir
En el PRI aparecen nombres como Manolo Jiménez, Enrique de la Madrid, Alejandro Moreno o Ildefonso Guajardo en distintas conversaciones y mediciones.
Pero su problema es anterior a cualquier candidatura.
Necesita demostrar que sigue siendo electoralmente relevante.
Porque discutir quién puede ser candidato presidencial de un partido antes de saber cuánto electorado conserva ese partido puede convertirse en un ejercicio de nostalgia.
Para el PRI, 2027 no será todavía una eliminatoria presidencial.
Puede ser algo bastante más elemental:
una prueba de supervivencia.
Los nuevos partidos
PAZ y Somos México llegarán además a su primera elección nacional.
Y tendrán que demostrar algo que todos los partidos aseguran tener hasta que llegan las urnas:
ciudadanos dispuestos a votar por ellos.
No podrán esconder su verdadera dimensión detrás de una gran coalición en su primera elección.
Eso permitirá medirlos.
¿Representan realmente nuevas opciones?
¿Recogerán votantes decepcionados de los partidos tradicionales?
¿Le quitarán votos a Morena?
¿Al PAN?
¿A Movimiento Ciudadano?
¿O terminarán demostrando que México no necesitaba necesariamente más partidos sino mejores partidos?
Las urnas contestarán.
El segundo marcador
La noche electoral todos estaremos viendo el primero.
Cuántas gubernaturas ganó Morena.
Cuántas conservó el PAN.
Qué pasó con Nuevo León.
Cómo quedó la Cámara.
Cuánto sacaron los nuevos partidos.
Pero habrá otro marcador.
Uno que no aparecerá en el PREP.
Harfuch: ¿subió o bajó?
Ebrard: ¿sigue vigente?
Andy: ¿demostró votos propios?
Samuel: ¿conservó su principal territorio?
Colosio: ¿decidió entrar o seguir fuera?
Máynez: ¿convirtió una candidatura presidencial pasada en estructura política futura?
Kuri: ¿entregó un Querétaro panista?
El PAN: ¿revivió?
El PRI: ¿sobrevivió?
Y Claudia Sheinbaum:
¿demostró finalmente que Morena puede ganar sin López Obrador?
Ésa puede ser la elección verdaderamente importante.
Pero hay algo todavía más importante
Todo esto puede resultar fascinante para quienes vivimos pendientes de la política.
Quién sube.
Quién baja.
Quién traiciona a quién.
Quién cambia de partido.
Quién consigue una candidatura.
Quién controla una gubernatura.
Quién se fotografía con quién.
Quién comienza a caminar hacia 2030.
Podemos llenar periódicos, programas, mesas de análisis y redes sociales durante meses hablando de ello.
Pero existe un pequeño problema.
A millones de mexicanos probablemente les importa bastante menos de lo que los políticos creen.
Porque mientras la clase política estará calculando quién puede ser Presidente dentro de cuatro años, una familia estará calculando si el dinero alcanza para terminar la quincena.
Mientras los partidos estarán peleando una gubernatura, alguien estará decidiendo si puede cerrar su negocio más tarde sin que lo extorsionen.
Mientras nosotros discutamos si Harfuch, Ebrard, Andy, Samuel, Colosio, Anaya o cualquier otro tiene posibilidades para 2030, millones de personas estarán preocupadas por algo bastante más inmediato:
llegar seguras a casa.
Tener trabajo.
Ganar mejor.
Poder pagar la renta.
Encontrar medicinas.
Recibir atención médica.
Abrir un negocio sin pagar derecho de piso.
Mandar a sus hijos a una buena escuela.
Y tener alguna certeza de que mañana pueden vivir un poco mejor que hoy.
Ése debería ser finalmente el marcador que importe.
Porque podemos analizar durante meses quién ganó 17 gubernaturas.
Podemos especular quién heredará el obradorismo.
Podemos discutir si Claudia construyó su propio poder.
Podemos seguir a los aspirantes a 2030 como si fuera una carrera de caballos.
Todo eso es políticamente interesante.
Pero no necesariamente es importante.
Lo importante será saber si cualquiera de ellos puede ofrecerle a México más seguridad, mejores ingresos y una mejor calidad de vida.
Porque si después de 2027 cambian los gobernadores pero no cambia la inseguridad;
si cambian los diputados pero no mejora el ingreso;
si aparecen nuevos partidos pero no aparecen nuevas soluciones;
si tenemos nuevos candidatos pero los mismos problemas;
y si en 2030 simplemente sustituimos un nombre por otro sin modificar la realidad cotidiana de millones de mexicanos…
entonces toda esta extraordinaria batalla política habrá servido fundamentalmente para una cosa:
cambiar a los actores sin cambiar la obra.
Y entonces 2027 no habrá sido el laboratorio de 2030.
Habrá sido simplemente otra función.
Mucho movimiento.
Muchos discursos.
Muchos candidatos.
Mucho dinero.
Mucho espectáculo.
Y para la sociedad, pocos resultados.
Más de lo mismo.
Pan y circo.
Pero a mí nadie me preguntó.







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