Ayer se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Y aunque cada año se repiten marchas, discursos y debates, hay una frase que resume buena parte de la historia de las mujeres: nadie les preguntó.
No les preguntaron si querían estudiar. No les preguntaron si querían trabajar. No les preguntaron si querían votar. No les preguntaron si querían decidir sobre su propio cuerpo.
Durante siglos las decisiones sobre la vida de las mujeres fueron tomadas por otros.
Y aunque el mundo ha cambiado —y sería absurdo negar los avances— la igualdad todavía está lejos de ser una realidad completa.
Cada 8 de marzo aparecen muchas posturas. Algunas moderadas, otras más radicales. Existen colectivos feministas confrontativos como el llamado bloque negro, que aparece en distintas marchas alrededor del mundo. Pero reducir la discusión a esos grupos es perder de vista el problema real.
Porque el problema de fondo no está en las paredes pintadas.
Está en las decisiones que aún hoy se toman sobre las mujeres… sin preguntarles.
Hombres legislando si pueden abortar o no. Hombres opinando si debe existir matrimonio igualitario. Hombres definiendo qué es igualdad laboral.
Y los números siguen mostrando que la cancha no está pareja.
En México, las mujeres perciben en promedio hasta 34 % menos ingresos que los hombres, de acuerdo con datos del INEGI. A nivel global, la brecha salarial ronda el 20 %. Y en el terreno del poder político, las mujeres ocupan alrededor del 27 % de los escaños parlamentarios en el mundo.
No es un tema ideológico. Son datos.
Pero más allá de las estadísticas, hay algo que también pesa: la experiencia cotidiana.
Desde mi propia trinchera puedo decir algo simple. Mi círculo cercano está formado aproximadamente por 85 % de mujeres. Mujeres de mi familia, de mi trabajo, de mi vida diaria.
Y si algo he aprendido es esto: cuando las mujeres pueden decidir libremente, cuando se sienten seguras, escuchadas y respetadas, el entorno mejora.

No porque sean perfectas.
Sino porque durante demasiado tiempo tuvieron que abrirse camino en un sistema que nunca fue pensado para ellas.
Por eso quizá la discusión no debería centrarse en si estamos o no de acuerdo con todos los feminismos.
Tal vez la pregunta correcta es otra.
¿Cuántas decisiones seguimos tomando sobre la vida de las mujeres… sin preguntarles?
Porque si algo parece claro es que durante siglos nadie les preguntó.
Y aun así —o quizá precisamente por eso— las mujeres han hecho este mundo mucho mejor.
Tal vez el verdadero cambio no llegará cuando todos estemos de acuerdo, sino cuando entendamos algo mucho más simple: que la igualdad no se concede, se respeta. Y que el respeto empieza cuando dejamos de decidir por las mujeres y empezamos, por fin, a preguntarles.
Porque la igualdad no es un favor que se otorga, es un derecho que se respeta. Y el primer paso para respetarlo es algo tan simple como necesario: escuchar y dejar que las mujeres decidan.














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