De música y otros vicios
-Te vendo mi colección de CD´s.
-¿Qué?, ¿por qué?, te llevó mucho tiempo y dinero hacer esa colección.
-Mi esposa dice que es basura y que estorba en la casa, además, ¿ya para qué los quiero?, aquí tengo todo (señalando un iPhone… por supuesto)…
-No, ahí no tienes nada, en eso lo rentas todo.
(Triste conversación con un pariente hace unos pocos años).
Y así como él, parece que todos o al menos una buena mayoría pensamos que los formatos físicos habían perecido y sido enterrados con desprecio y apenas una palada de cal encima. La promesa del streaming era ansiosamente golosa: millones de canciones en la palma de la mano, sin ocupar espacio, por el mismo costo mensual que un par de horribles cafés de la sirenita. Sin embargo, en un giro de guion digno de película, las tiendas de discos están tan llenas como algún día estuvieron. Lo sorprendente: Generaciones que crecieron con algoritmos, compran tornamesas y reproductores portátiles. El regreso del vinilo y la sorpresiva segunda juventud del CD no son sólo una “moda” nostálgica, son un acto de resiliencia simbólica contra la dictadura de los algoritmos que todo lo hacen efímero.
No entraremos en los escabrosos y terribles detalles que han confinado a la mayoría de los músicos a un triste ostracismo económico para asegurar las exhorbitantes ganancias de los dueños de este nuevo modelo de consumo de música, solamente trataremos el tema desde el punto de escucha de la música.

Pregunta: ¿comodidad total o el placer de poseer?
El streaming: Es el rey imbatible de la practicidad. Su ventaja es el acceso inmediato y masivo desde casi cualquier lugar. ¿Desventaja?, no se posee nada, no se palpa nada. Se paga un alquiler mensual por el derecho a escuchar; si el artista retira su catálogo o la caprichosa plataforma cambia sus políticas, adiós, la música desaparece; si se cae el internet (podría pasar), quedarnos sin música sería el menor de nuestros problemas pero también, adiós. Además, tristemente el streaming ha propiciado un consumo fragmentado e impaciente.
El vinilo: Es la experiencia física por excelencia. Su gran ventaja es el ritual: la portada de gran formato, el arte conceptual y el acto de poner la aguja sobre el surco obliga a escuchar un álbum de principio a fin. ¿Desventajas?, bueno, puede se frágil si se tienen manos torpes y requiere mantenimiento dedicado (limpieza, cuidado, cambio de la aguja y espacio exclusivo) y claro, no tener manos y dedos torpes (sí, es reiterativo).

El Compact Disc (CD): Ofrece un equilibrio pragmático. Es portátil, duradero, ocupa menos espacio que el vinil y suele ser más accesible económicamente. No se raya tan fácil como se cree y también da la propiedad real del álbum sin ese mayor costo que implica el acetato. Su principal desventaja práctica es que requiere un reproductor específico en una era donde las computadoras y los autos ya no traen ranura para discos, pero atención, conseguir uno no es tan difícil gracias a las plataformas de venta, hay muchas opciones de reproductores a buenos precios (benditos algoritmos).

Aquí entramos a la ciencia detrás del sonido: Analógico puro, digital comprimidísimo o sonido digital sin pérdidas.
En el terreno estrictamente técnico y acústico, las diferencias son abismales para alguien con un afinado oído de perro.
El vinilo es un formato 100% analógico, la onda sonora está literalmente esculpida en el plástico, esto le otorga ese famoso "sonido cálido" retacado de armónicos naturales. Dependiendo del estado de conservación, en algunos casos podría llegar a tener ruidos como gis o scratch, (a pesar de eso, conserva su encanto). También es de un menor rango dinámico.

El streaming estándar, por su parte, utiliza compresión con pérdida como el MP3 o el AAC para ahorrar datos; esto significa que los algoritmos recortan frecuencias que el oído humano supuestamente no nota, sacrificando la profundidad y el espacio entre instrumentos para dar un archivo ligero.
Por último, el CD juega en otra liga: es formato digital sin pérdida grabado a una tasa de muestreo estándar en 44.1kHz y a 16bits. Acústicamente, el CD ofrece una representación más fiel, limpia y precisa del máster de estudio original, con un rango dinámico más amplio, cero ruido de superficie y una separación de canales perfecta. En este sentido, es el campeón.
Guillermo Herrera es un veterano en esto de los formatos físicos de audio, tiene una exitosa tienda llamada Factotum Records, y si alguien sabe de esto, es él.
¿Por qué el melómano debería optar por el vinil por encima del streaming?
“Porque es algo palpable, es testimonio real de la historia y te hace partícipe del acto de reproducir la música. Buscar la canción que quieres, poner la aguja en el surco. Además es algo tuyo para siempre porque no sólo es el soporte, hay más detrás de un disco que compras”.
Parece que la respuesta a la pregunta natural de ¿cuál prefieres?, es otra pregunta: ¿cuál prefieres para qué?
Para tirarse en un sillón con un vaso de vino o cerveza escuchando un vinilo, es una experiencia casi religiosa; sacar el disco, ver el inserto, las fotos, las letras. Colocarlo en el tornamesa traslada a otra dimensión.
El CD es lo mismo aunque con una perfección acústica casi de estudio, es más fácil brincar entre canciones, repetirlas sin tanta complicación, se puede tener dedos torpes y la probabilidad de daño es casi nula.
¿Se va en el auto, a correr, al gimnasio o se camina por la calle?, el streaming está bien.
Al final, el resurgimiento de los formatos físicos es una declaración de rebeldía frente al impersonal algoritmo, comprar un vinilo o un CD es reclamar el control sobre nuestra música, devolverle el valor al arte completo de un álbum y recordar que algunas de las mejores cosas de la vida valen la pena ser tocadas.






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