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8 de Septiembre de 2026

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Los principios duran hasta que llega el poder

Escrito por Juan Ortega.

Ilustración editorial sobre las familias, los privilegios y el poder político en México, con elecciones de 2027 y Juan Ortega.

El poder cambia de manos, pero las historias de privilegios, familias y contradicciones políticas parecen repetirse en México.

IA - Tele Urban / Cortesía

Había una vez un país al que la naturaleza parecía haberle dado demasiado.

Montañas repletas de minerales. Dos mares. Playas capaces de vender por sí solas la idea del paraíso. Selvas, bosques, desiertos, petróleo, gas, campos fértiles, puertos y una gastronomía capaz de conquistar cualquier mesa del mundo.


Tenía historia.

Tenía cultura.

Tenía talento.

Tenía empresarios.

Tenía trabajadores.

Tenía jóvenes.

Tenía universidades.

Tenía prácticamente todo lo necesario para convertirse en una de las naciones más prósperas del planeta.

Sólo tenía un problema.

Su gente.

Sus políticos.

Y, sobre todo, sus líderes.

Su gente, porque después de tantas promesas había desarrollado una costumbre peligrosa: indignarse mucho y recordar poco.

Sus políticos, porque descubrían demasiado pronto que conseguir el poder podía resultar más importante que explicar para qué lo querían.

Y sus líderes, porque todos llegaban al gran palacio convencidos de lo mismo:

ellos sí serían diferentes.

En aquel reino convivían dos países.

Uno aparecía en los folletos turísticos.

Playas privadas.

Grandes hoteles.

Restaurantes extraordinarios.

Mansiones detrás de enormes bardas.

Automóviles de lujo.

Empresarios capaces de llamar directamente a los ministros.

Y familias cuyos apellidos abrían puertas antes de que alguien alcanzara siquiera a tocarlas.

El otro país despertaba antes de que saliera el sol.

Tomaba dos o tres transportes.

Hacía cuentas frente al refrigerador.

Decidía qué recibo pagar primero.

Y escuchaba en las noticias que vivía en una nación inmensamente rica, mientras intentaba entender por qué aquella riqueza nunca parecía encontrar la dirección de su casa.

Los gobernantes repetían que todo pertenecía al pueblo.

El petróleo era del pueblo.

Los minerales eran del pueblo.

Las carreteras eran del pueblo.

Los impuestos eran del pueblo.

El futuro era del pueblo.

Todo parecía pertenecerle.

Menos la prosperidad.

Y, como en toda buena telenovela, alrededor del palacio estaban los hijos.

Los hermanos.

Los sobrinos.

Los primos.

Los amigos.

Los empresarios.

Los invitados.

Los que nunca aparecían en la boleta, pero conocían perfectamente la entrada de servicio.

Hubo una época en la que los jóvenes príncipes organizaban fiestas cuando el rey no estaba.

Viajaban.

Iban y venían en aeronaves reservadas para unos cuantos.

Se reunían en los jardines del palacio.

Décadas después, alguno de aquellos amigos contaría las historias con la nostalgia de quien recuerda una juventud imposible de repetir.

Más tarde gobernó otro hombre poderosísimo.

Y tenía un hermano.

El hermano no era el rey.

No firmaba decretos.

No ocupaba el gran sillón.

Pero conocía empresarios, banqueros, funcionarios y personajes capaces de convertir una conversación en millones.

Nadie sabía exactamente dónde terminaba el poder del gobernante y dónde comenzaba el extraordinario poder de compartir su apellido.

Después llegó otro mandatario.

Sus hijos también descubrieron las ventajas de pertenecer a la familia reinante.

Una noche fueron al concierto de una famosísima banda extranjera.

Sus guardianes intentaron sacarlos por lugares por donde los demás no podían pasar.

Hubo empujones.

Golpes.

Un vehículo oficial.

Heridos.

Y una banda mundialmente famosa que salió de aquel país preguntándose cómo una noche de rock había terminado convertida en un problema de Estado.

En aquella corte existía también un bufón.

No porque fuera ingenuo.

Todo lo contrario.

Era inteligente, ruidoso, provocador.

Su función consistía en incomodar al poderoso.

Se burlaba de sus carruajes.

De sus viajes.

De sus casas.

De sus banquetes.

De los privilegios de quienes vivían dentro del palacio.

Desde la plaza sabía perfectamente cómo debía comportarse quien estaba arriba.

Parecía imposible imaginar que algún día él mismo terminaría disfrutando de algunas de aquellas comodidades.

Entonces apareció un nuevo líder.

Recorrió pueblos, mercados, caminos y plazas.

Hablaba de los pobres.

De los olvidados.

De quienes jamás habían sido invitados al gran salón.

Decía que la pobreza de aquel país no podía explicarse por falta de riqueza.

El problema eran los privilegios.

La corrupción.

Los ricos demasiado cerca del gobierno.

Los funcionarios convertidos en empresarios.

Los empresarios convertidos en funcionarios.

Los hermanos.

Los hijos.

Los amigos.

Los aviones.

Las camionetas.

Las mansiones.

Los grandes salarios.

Los viajes.

Prometió separar el dinero del poder.

Prometió austeridad.

Prometió principios.

Intentó conquistar el palacio.

Perdió.

Volvió.

Perdió nuevamente.

Siguió caminando.

Hasta que finalmente ganó.

Las puertas se abrieron.

Los viejos salieron.

Los nuevos entraron.

La música subió.

El pueblo celebró.

Parecía el capítulo final.

Era apenas el comienzo de la siguiente temporada.

Porque una cosa es saber exactamente cómo debe comportarse quien gobierna cuando uno está afuera.

Y otra bastante distinta hacerlo cuando finalmente se tienen las llaves.

Con los años, algunas palabras empezaron a cambiar.

Lo que antes era concentración de poder ahora podía llamarse gobernabilidad.

Lo que antes era militarización podía ser necesidad.

Lo que antes era propaganda podía ser información.

Lo que antes era un empresario demasiado cercano al gobierno podía convertirse en interlocutor.

Lo que antes era ostentación podía llamarse libertad personal.

Y el bufón descubrió algo maravilloso:

los carruajes eran muchísimo más cómodos cuando uno viajaba dentro.

Después apareció el hijo.

No era el gobernante.

Pero había crecido junto al hombre que construyó el movimiento que ahora controlaba el palacio.

Conocía dirigentes.

Conocía estructuras.

Conocía empresarios.

Y poseía algo imposible de obtener en una universidad:

el apellido.

Un día lo vieron viajando.

Otro, sentado durante horas con hombres inmensamente ricos.

Y llegaron las explicaciones.

Es su dinero.

Tiene derecho.

Reunirse con empresarios no es delito.

Probablemente era verdad.

Pero algunos habitantes recordaron que años atrás, cuando aquellas fotografías pertenecían a otros, la pregunta no comenzaba por la legalidad.

Comenzaba por la congruencia.

Y fue entonces cuando entendieron la verdadera magia del palacio.

El poder no necesariamente cambiaba a las personas.

Cambiaba las explicaciones.

Hasta aquí podría parecer una telenovela particularmente fantasiosa.

Un país inmensamente rico.

Petróleo.

Minerales.

Playas.

Ricos.

Pobres.

Hijos que festejan en el palacio.

Un hermano incómodo.

Otros hijos capaces de provocar un conflicto hasta con una banda de rock internacional.

Un bufón que termina viajando cómodamente.

Un opositor que promete terminar con los privilegios.

Y finalmente un hijo caminando entre los mismos círculos económicos que su padre cuestionó durante décadas.

Pero ahora traslademos esta historia al México contemporáneo.

Quitémosle la música dramática.

Y pongámosle nombres.

Los hijos también vivían en Los Pinos

Mucho antes de las discusiones actuales sobre austeridad, ya existían relatos sobre las ventajas de pertenecer a las familias presidenciales.

Roberto Palazuelos ha contado públicamente que durante su juventud convivió con Federico y Gerardo de la Madrid, hijos del presidente Miguel de la Madrid, y que aquellos grupos de amigos llegaron a realizar fiestas en Los Pinos cuando el mandatario estaba fuera. También ha relatado viajes y el uso de infraestructura oficial para organizar reuniones. Todo eso debe leerse exactamente como lo que es: el testimonio posterior de Palazuelos, no una auditoría del gasto presidencial.

Pero su relato contiene una frase que parece escrita para esta columna.

Según Palazuelos, Gerardo de la Madrid decía:

El poder es para hacer amigos”.

Y Federico respondía:

El poder es el poder”.

A veces las telenovelas escriben peores diálogos que la realidad.

El actor incluso ha contado que cada uno de los hijos tenía acceso a aviones para viajar con sus grupos de amigos y que durante aquel sexenio las cuentas de algunas reuniones eran cubiertas dentro de la logística del Estado Mayor. De nuevo: son sus recuerdos y deben tratarse como tales.

Años después, la serie sobre Luis Miguel volvió a poner en conversación aquel universo de jóvenes, celebridades, hijos del poder y privilegios que durante décadas parecieron formar parte natural del paisaje mexicano.

Y apenas habíamos empezado.

Carlos, Raúl y los 29 millones

Carlos Salinas de Gortari fue Presidente de México.

Raúl Salinas de Gortari no.

Raúl desempeñó cargos públicos, pero nunca ocupó la cúspide institucional de su hermano.

Y, sin embargo, acabó convertido en uno de los personajes económicos más desconcertantes de aquel sexenio.

En octubre de 2000, México escuchó una conversación telefónica que parecía escrita para una telenovela.

Raúl hablaba desde prisión con su hermana Adriana Salinas de Gortari.

Adriana discutía con él.

Raúl insistía en que revelaría información sobre recursos depositados en bancos extranjeros y sobre una parte que, según él mismo decía, provenía del erario. También aseguró que Carlos conocía los movimientos de los fondos y afirmó que su hermano le pedía dinero porque “el dinero es de él”.

Ésa fue la afirmación de Raúl.

No una sentencia judicial.

Y la diferencia importa.

Años después, Raúl Salinas fue absuelto del delito de enriquecimiento ilícito, de manera que no sería serio convertir aquellas acusaciones o aquellas palabras en prueba definitiva del origen de su fortuna.

Pero existe otro hecho que no depende de interpretaciones.

En 1996, Ricardo Salinas Pliego reconoció públicamente que había utilizado 29 millones de dólares de Raúl Salinas para el pago del paquete de medios que adquirió en la privatización de Imevisión y sostuvo que se trataba de un préstamo. Explicó incluso las transferencias utilizadas en la operación.

Y dijo algo extraordinario:

en 1993 era una distinción social ser amigo del hermano del Presidente.

No está probado que esos 29 millones provinieran de la llamada partida secreta de la Presidencia.

No afirmemos lo que no sabemos.

Pero permanece una pregunta bastante razonable:

¿cómo un personaje que nunca ocupó la primera línea formal del gobierno disponía de casi 30 millones de dólares para prestárselos a un empresario que estaba comprando una de las privatizaciones emblemáticas del sexenio de su hermano?

No hace falta responderla para entender por qué Raúl Salinas quedó en la memoria mexicana como el hermano incómodo.

A veces el poder no necesita un cargo.

Necesita un apellido.

Los hijos de Zedillo y U2

Después vino Ernesto Zedillo.

En diciembre de 1997 ocurrió otra escena difícil de inventar.

U2 se presentó en el Foro Sol.

Entre los asistentes estaban Ernesto, Emiliano y Carlos Zedillo, hijos del Presidente, acompañados por elementos del Estado Mayor Presidencial.

Al finalizar el concierto, sus escoltas intentaron sacarlos a través de una zona restringida. Se produjo un enfrentamiento con integrantes de la producción y seguridad de la banda. Uno de los responsables de seguridad de U2 terminó lesionado después de un incidente con una camioneta del operativo presidencial. La banda quedó profundamente molesta y no volvió a presentarse en México durante casi una década.

Un concierto de rock.

Los hijos del Presidente.

El Estado Mayor.

Una puerta que no debía cruzarse.

Y un conflicto porque alguien pensó que el apellido permitía cruzarla.

En ocasiones, el privilegio no necesita millones de dólares.

Basta con una puerta cerrada para todos los demás.

Después vino la alternancia

Vicente Fox llegó en 2000 prometiendo romper con 71 años de prácticas priistas.

Y muy pronto apareció el Toallagate.

Los gastos para acondicionar la residencia presidencial incluyeron toallas y ropa de cama cuyos precios provocaron una enorme polémica. Fox defendió que precisamente poder conocer hasta esos gastos demostraba la transparencia de su administración.

Otra explicación.

Felipe Calderón convirtió a las Fuerzas Armadas en pieza central de su estrategia de seguridad.

Andrés Manuel López Obrador cuestionó durante años la militarización.

Después llegó al gobierno y las Fuerzas Armadas terminaron participando no sólo en seguridad, sino en aeropuertos, aduanas y numerosas tareas civiles.

Otra explicación.

Siempre existen razones cuando uno gobierna.

Entonces llegó el que prometía ser diferente

López Obrador no se limitó a prometer un cambio administrativo.

Convirtió la austeridad en un principio moral.

En 2019 fue explícito: para su movimiento la austeridad “no es un asunto administrativo, sino de principios”. Habló de la justa medianía y puso como ejemplos negativos los aviones, residencias, automóviles de lujo y viajes al extranjero de los altos funcionarios.

También convirtió en una idea central la separación entre el poder político y el poder económico.

Ya como Presidente seguía describiendo como problema histórico que los grandes intereses económicos hubieran capturado al gobierno y defendía que éste debía representar a todos y no a una élite.

Precisamente por eso resulta interesante una escena ocurrida apenas hace unos días.

Andrés Manuel “Andy” López Beltrán y su hermano Gonzalo fueron captados en una reunión en el restaurante Magazzino, en la colonia Condesa, junto con Daniel Asaf y los empresarios Juan Domingo Beckmann y Mauricio Garduño. Los reportes sitúan el encuentro el 24 de agosto y señalan que se prolongó al menos cinco horas, con el establecimiento cerrado al público y un importante dispositivo de seguridad en el exterior.

Detengámonos.

Reunirse con empresarios no es delito.

No existe evidencia pública de que durante esa reunión se hubiera acordado algo ilegal.

Y nadie debería inventarlo.

Pero ésa no es la pregunta interesante.

La pregunta es:

¿qué habría dicho López Obrador cuando era opositor si los hijos de un expresidente poderoso hubieran pasado cinco horas reunidos en privado con empresarios importantes?

¿Habría comenzado diciendo que reunirse es perfectamente legal?

¿O habría hablado de la cercanía entre el poder económico y el poder político?

La reunión puede ser perfectamente legítima.

La contradicción está en la vara.

Y después llegaron los sobrinos

Pero cuando uno empieza a escribir sobre familias y poder en México ocurre algo preocupante.

Aparece otro parentesco.

Los sobrinos.

Durante el gobierno de López Obrador, la Secretaría de Marina recibió enormes responsabilidades, entre ellas el manejo de aduanas.

Y después estalló la investigación sobre el llamado huachicol fiscal.

No el combustible robado directamente de un ducto.

Una operación mucho más sofisticada: hidrocarburos que ingresaban al país mediante documentación falsa o clasificados como otros productos para evadir impuestos, con la presunta colaboración de empresarios, funcionarios aduanales y miembros de la Marina.

En el centro de una de las investigaciones aparecen los hermanos Manuel Roberto y Fernando Farías Laguna, altos mandos navales y sobrinos políticos del exsecretario de Marina Rafael Ojeda Durán. La Fiscalía los acusa de encabezar una red de contrabando de combustible que utilizaba posiciones estratégicas dentro de las aduanas marítimas. Ambos rechazan las acusaciones; la investigación y los procesos judiciales continúan.

Manuel Roberto llegó a vicealmirante.

Fernando, a contralmirante.

Dentro de la propia Marina eran conocidos como “Los Primos”.

Y aquí vuelve a aparecer una pregunta conocida.

No:

“¿Son culpables por ser sobrinos?”

Por supuesto que no.

Tampoco:

“¿El almirante Ojeda participó en la red?”

Hasta hoy eso no está judicialmente establecido.

La pregunta es mucho más básica:

¿cuánto pesa la cercanía familiar cuando alguien asciende dentro de una estructura extraordinariamente poderosa?

La investigación se ha vuelto todavía más compleja porque existen testimonios y documentos que indican que Ojeda recibió desde 2024 información sobre una red de corrupción en la que eran mencionados sus sobrinos. Su grado de conocimiento y actuación ante esas denuncias sigue siendo parte del debate público y de las investigaciones periodísticas.

Y justo hoy la Fiscalía informó del hallazgo en una bodega vinculada a los Farías Laguna de documentación de aduanas marítimas, expedientes de personal naval, armas y otros materiales que incorporó a la investigación. La defensa sostiene que los hermanos están siendo utilizados como chivos expiatorios.

De nuevo:

presunción de inocencia.

Pero también rendición de cuentas.

Porque si durante años dijimos que el problema eran las redes familiares alrededor de quienes mandaban, no podemos cambiar la pregunta dependiendo del partido que gobierna.

Y el bufón se llamaba Noroña

Nuestro cuento también tenía un bufón.

En México existe un político que durante décadas hizo de la provocación, la irreverencia y la denuncia de los privilegios parte central de su personaje:

Gerardo Fernández Noroña.

Lo de bufón no pretende llamarlo tonto.

En las cortes antiguas, el bufón podía hacer algo que casi nadie más hacía:

decirle al rey lo que otros no se atrevían.

Noroña hizo durante años algo parecido.

Era un político de bajo peso institucional frente a los grandes aparatos de poder, pero de enorme visibilidad.

Gritaba.

Provocaba.

Se burlaba del poderoso.

Cuestionaba privilegios.

Hasta que llegó más cerca del centro del poder.

Y descubrió la clase ejecutiva.

En marzo de 2025 fue captado viajando en business class rumbo a Francia. Después explicó que el Senado le había cubierto sólo el equivalente a un boleto en clase turista y que él había pagado la diferencia de su bolsillo.

La propia presidenta Claudia Sheinbaum dijo entonces que él debía explicar su decisión y recordó que ella no viajaba en primera clase.

En enero de 2026, Noroña volvió a ser fotografiado regresando desde Roma en clase ejecutiva.

Y tuvo una precisión para sus críticos:

no era primera clase.

Era ejecutiva.

Puede tener toda la razón.

Y ésa es precisamente la parte maravillosa de esta historia.

Desde la plaza, un asiento que se convierte en cama parece privilegio.

Desde el asiento reclinable…

es una categoría tarifaria.

El avión no cambió.

El asiento tampoco.

Cambió quién iba sentado.

Quizá nunca fueron los partidos

Ésta es la parte más incómoda.

Porque sería facilísimo terminar diciendo:

PRI, PAN, Morena.

Todos iguales.

Y quizá ésa sería también la conclusión más floja.

No.

No todos los partidos son iguales.

No todos los gobiernos han causado los mismos daños.

No todos los políticos han robado.

No todos los familiares han utilizado sus apellidos.

No todos los actos tienen la misma gravedad.

Un viaje pagado con dinero privado no es igual a desviar recursos públicos.

Una reunión con empresarios no prueba corrupción.

Un sobrino acusado no convierte automáticamente al tío en responsable.

Un hermano cuestionado no hace culpable al Presidente.

Las responsabilidades son individuales.

Pero las tentaciones sí se parecen.

Tal vez el problema no sean los partidos.

Tal vez el problema sea más humano.

La gente que quiere el poder a toda costa.

La que descubre principios mientras está afuera porque esos principios sirven para golpear a quien está dentro.

La que exige límites mientras no tiene facultades.

La que condena privilegios mientras todavía no tiene acceso a ellos.

La que exige instituciones independientes cuando frenan a su adversario.

La que ve con sospecha a las familias ajenas y con comprensión a la propia.

Y que, cuando finalmente llega al poder, descubre que casi todo aquello que criticó tiene una explicación.

Desde la oposición:

los militares son militarización.

Desde el gobierno:

son indispensables.

Desde la oposición:

reunirse con potentados es prueba de una oligarquía.

Desde el gobierno:

es diálogo.

Desde afuera:

el familiar del Presidente merece un escrutinio especial.

Desde adentro:

es un ciudadano ejerciendo sus derechos.

Desde la plaza:

el business class es privilegio.

Desde el asiento:

“yo pagué la diferencia”.

No necesariamente cambiaron los hechos.

Cambió el lugar desde donde se explican.

Ojalá algún día termine este cuento

Miguel de la Madrid tuvo historias alrededor de sus hijos.

Carlos Salinas tuvo a su hermano.

Zedillo tuvo episodios protagonizados por sus hijos.

Fox, Calderón y Peña Nieto acumularon sus propias historias sobre privilegios, familias, empresarios, seguridad, poder y contradicciones.

López Obrador llegó precisamente prometiendo romper con buena parte de esa cultura.

Y hoy discutimos sobre sus hijos, sobre sus relaciones, sobre sus viajes y sobre las contradicciones entre aquello que se decía desde la oposición y lo que ahora se explica desde el poder.

También hablamos de los sobrinos políticos del hombre que dirigió una de las instituciones más poderosas de su gobierno.

Y mientras uno sigue investigando aparecen más nombres.

Más parentescos.

Más estados.

Más gobernadores.

Más alcaldes.

Más hermanos.

Más hijos.

Más esposas.

Más sobrinos.

Más primos.

Más compadres.

Más amigos.

Y tengo que confesar algo antes de terminar.

Esta columna nos costó más trabajo escribirla de lo normal.

No porque faltara información.

Precisamente por lo contrario.

Cada vez que investigábamos una historia aparecía otra.

Cuando terminábamos con un hermano, aparecía un hijo.

Cuando cerrábamos el capítulo del hijo, llegaban los sobrinos.

Y cuando uno empieza a mirar fuera del gobierno federal y revisa los estados, los municipios, los congresos locales, los partidos y las administraciones de todos los colores, la lista amenaza con no terminar nunca.

Ése quizá sea el dato más preocupante de todos.

No que exista una familia.

Sino que la familia alrededor del poder sea una historia que México puede contar una y otra vez cambiando únicamente los apellidos.

Ojalá este cuento termine.

Ojalá dentro de algunos años no tengamos que escribir sobre los hijos de la actual Presidenta.

Sus hermanos.

Sus sobrinos.

Sus primos.

Sus tíos.

Sus amigos.

Ni los del siguiente Presidente.

Ni los del siguiente.

Ni los que vengan después.

No porque hoy exista necesariamente algo que imputar a los familiares de Claudia Sheinbaum.

Precisamente porque lo deseable sería que nunca hubiera nada que contar.

Que un apellido presidencial vuelva a ser simplemente un apellido.

Que no consiga un contrato.

Que no acelere un ascenso.

Que no abra una aduana.

Que no garantice una reunión.

Que no asegure una candidatura.

Que no permita cruzar una puerta restringida en un concierto.

Que no consiga un avión.

Y que tampoco condene anticipadamente a nadie por el simple hecho de pertenecer a una familia.

Quizá ése sería el verdadero final feliz de nuestra telenovela.

Que quien llegue al poder recuerde lo que decía antes de tenerlo.

Que sus principios sobrevivan al despacho.

A los escoltas.

A los empresarios.

A los familiares.

A los viajes.

A los aplausos.

Y, sobre todo, a esa sensación peligrosísima de empezar a creer que uno merece aquello que antes consideraba un privilegio.

Porque tal vez el verdadero examen de un político nunca ocurra durante una campaña.

Ahí todos saben perfectamente qué está mal.

El examen comienza cuando tienen la oficina.

El presupuesto.

La mayoría.

Los nombramientos.

Los empresarios llamando.

Los familiares cerca.

Y suficientes argumentos para explicar prácticamente cualquier cosa.

Ahí descubrimos si aquello que defendían era realmente un principio.

O simplemente un instrumento para conseguir el poder.

Porque queda una pregunta:

¿cuántas de las cosas que hoy justifica un político habría condenado si las hubiera hecho su adversario?

Y otra todavía peor:

si mañana regresara a la oposición, ¿volvería a criticar exactamente aquello que hoy defiende?

Ojalá este cuento termine algún día.

Porque de presidentes hemos tenido muchos.

De hijos, hermanos, sobrinos, primos, tíos, amigos, empresarios, bufones y cortesanos alrededor del poder…

también.

Y mejor me despido, que si continúo investigando esta historia, no termina.

Pero a mí nadie me preguntó.

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