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Bienvenido el mundo; los mexicanos, por la tele

Escrito por Juan Ortega.

Illustration of a stadium protest with "Juan Ortega" smiling prominently in the foreground.

México organizará la Copa del Mundo por tercera vez en su historia

Imagen creada con IA

Rueda el balón en la cancha política de México

Minuto uno.


El país se prepara para inaugurar el Mundial 2026 el 11 de junio en el Estadio de la Ciudad de México. La toma aérea ya está lista. La bandera también. El discurso de orgullo nacional, ni se diga. México será anfitrión del torneo más grande en la historia: 48 selecciones, 104 partidos, 16 sedes y tres países compartiendo reflectores.

Suena el himno, se prende la pantalla mundial y arranca el partido que el gobierno quiere jugar con uniforme de gala.

México recibe al mundo.

Pero falta ver si el mundo alcanza a ver a México.

Porque una cosa es abrirle la puerta a FIFA, a turistas, marcas, patrocinadores, delegaciones, políticos, empresarios y corporativos, y otra muy distinta es abrirle la puerta al mexicano común.

Y ahí viene el primer ataque.

Por la banda derecha avanzan los boletos.

Desborda la desigualdad.

Centro al área.

Remata la realidad.

FIFA anunció entradas desde 60 dólares. Dicho así, parece hasta amable. Pero en un país donde el salario mínimo general es de 315.04 pesos diarios, hasta el boleto más barato ya se convierte en varios días de trabajo para millones de personas.

Y eso suponiendo que ese boleto exista, que alcance, que aparezca, que no lo revenda alguien, que no se dispare con el precio dinámico y que no quede en una zona donde el jugador se vea como hormiga y el pueblo como promesa incumplida.

Porque los precios no se quedan en 60 dólares.

Pueden subir a cientos.

Pueden llegar a miles.

Hasta 6,730 dólares en los partidos más caros.

Ahí ya no estamos hablando de una fiesta popular. Estamos hablando de un evento premium con escenografía de pueblo.

México pone el estadio, pone la historia, pone la policía, pone las calles, pone los voluntarios, pone el tráfico, pone la paciencia, pone el orgullo y pone la bandera.

Pero buena parte de los mexicanos pondrá solamente la televisión.

Bienvenido el mundo; los mexicanos, por la tele.

Minuto quince.

El gobierno intenta salir jugando desde atrás.

Toca corto con la palabra “pueblo”.

Abre hacia “inclusión”.

Busca profundidad con “orgullo nacional”.

Pero le presiona la realidad.

Porque no hay discurso que aguante cuando la taquilla cobra en dólares y el ciudadano vive en pesos. No hay narrativa de fiesta nacional cuando más de medio país tiene que hacer cuentas para llegar a fin de quincena. No hay épica suficiente para decirle a la gente que el Mundial es suyo si no puede pagar un boleto para entrar.

Y no, no se trata de exigir boletos regalados.

Se trata de no mentir.

El Mundial puede ser un gran evento. México puede ser un gran anfitrión. El Estadio de la Ciudad de México puede volver a ser escenario de historia. Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que este Mundial no está diseñado para el pueblo.

Está diseñado frente al pueblo.

El pueblo aparece en los comerciales.

El pueblo sale en las tomas de color.

El pueblo canta en los promocionales.

El pueblo vende la emoción.

Pero la zona buena, la experiencia completa, la foto adentro del estadio y el asiento real parecen reservados para turistas, marcas, patrocinadores, invitados especiales, funcionarios, corporativos y, sí, para los fifís del futbol global.

Minuto treinta.

El partido se ensucia en media cancha.

Aparece la CNTE.

No entra con balón controlado: entra con bloqueos, plantones, protestas, amenazas de movilización y una presión incómoda para un gobierno que quisiera llegar a la inauguración con la ciudad limpia, ordenada y sonriente.

Se puede criticar el método, claro.

Bloquear avenidas no golpea al poder; muchas veces golpea al ciudadano común. Al trabajador que llega tarde. Al comerciante que pierde ventas. Al estudiante que no puede cruzar. Al paciente que se queda atorado. Al chofer que no tiene vela en el entierro. Al ciudadano que termina pagando una negociación en la que ni siquiera está sentado.

Pero sería demasiado cómodo quedarse solo con eso.

Porque la CNTE no aparece de la nada. Trae demandas sobre pensiones, condiciones laborales, salario y una relación rota con el Estado que ningún gobierno ha resuelto de fondo.

El gobierno quiere que ruede el balón.

La CNTE dice: si no hay solución, no hay fiesta completa.

Y ahí el balón queda dividido.

Porque el Mundial no suspende al país.

No congela los reclamos.

No desaparece los conflictos.

No convierte por decreto a una ciudad tensa en una ciudad feliz.

A lo mucho, los cambia de cámara.

Minuto cuarenta.

Se viene otro ataque.

Ahora por el centro: los políticos mexicanos señalados desde Estados Unidos.

Aquí hay que jugar fino. Una acusación no es una sentencia. Nadie debe ser tratado como culpable antes de que exista un proceso legal sólido. Pero tampoco se puede fingir que no pasa nada cuando desde Estados Unidos se acusa a políticos mexicanos de presuntos vínculos con el crimen organizado.

El gobierno tiene razón cuando defiende la soberanía.

México no puede permitir que Washington actúe como dueño del silbato, juez de línea, VAR y tribunal disciplinario.

Pero soberanía no significa impunidad.

Soberanía no significa cerrar los ojos.

Soberanía no significa envolverse en la bandera para esconder expedientes.

Soberanía significa investigar aquí, con instituciones mexicanas, antes de que alguien de fuera venga a exhibir lo que aquí no se quiso tocar.

El gobierno no puede indignarse más por quién acusa que por la posibilidad de que haya algo que investigar.

Silbatazo. Medio tiempo.

En el vestidor, la Selección Nacional.

Y ahí tampoco hay fiesta completa.

México jugará en casa, pero no necesariamente juega con la ilusión del país. El Tri siempre despierta algo, eso es inevitable. Pero ya no despierta la inocencia de antes.

La afición mexicana ya vio demasiados procesos vendidos como históricos. Demasiadas playeras nuevas. Demasiados comerciales con mariachi. Demasiadas frases de “ahora sí”. Demasiados directivos hablando de futuro mientras el futbol mexicano se vuelve cada vez más negocio y menos proyecto.

La Selección puede emocionar.

Puede competir.

Puede sorprender.

Pero hoy no arranca como esperanza limpia. Arranca como deuda.

Y esa deuda no se paga con spots.

Se paga jugando.

Se paga compitiendo.

Se paga respetando al aficionado.

Porque durante años le dijeron al mexicano que la Selección era de todos.

Pero cuando llega el Mundial a casa, resulta que “todos” no caben en el precio del boleto.

Todos en el discurso.

Todos en el anuncio.

Todos en la camiseta.

Todos en la foto.

Pero no todos en la tribuna.

Arranca el segundo tiempo.

El gobierno adelanta líneas.

Quiere la foto perfecta: estadio lleno, presidente sonriente, invitados internacionales, bandera monumental, discurso de unidad, México como potencia cultural, México como país confiable, México como anfitrión de lujo.

La oposición espera el contragolpe.

Un bloqueo.

Un error operativo.

Una protesta.

Una falla de seguridad.

Un abucheo.

Una imagen que le sirva para decir que todo está mal.

FIFA juega su propio partido.

Quiere orden, negocio y espectáculo.

Las marcas quieren emoción rentable.

Los medios quieren rating.

Los políticos quieren palco.

Y el ciudadano, como siempre, tiene que cargar con la realidad.

Minuto sesenta y cinco.

La pelota cae en zona peligrosa.

El Mundial puede hacer que millones se emocionen. Claro que sí. Un gol puede unir lo que la política separa. Una inauguración puede mover fibras profundas. Una noche de futbol puede hacer que el país se abrace, aunque sea por noventa minutos.

Pero el error sería creer que la emoción equivale al olvido.

El orgullo nacional no cancela la crítica.

La bandera no borra la desigualdad.

El himno no paga el boleto.

La ceremonia no resuelve las pensiones.

El estadio lleno no significa país satisfecho.

Y el futbol, por poderoso que sea, no puede cargar con todos los pendientes del gobierno.

Minuto setenta y cinco.

México toca bonito.

Porque hay que decirlo: México sabe organizar, emocionar y recibir al mundo. Eso no está en duda. Este país tiene cultura, comida, historia, ciudad, barrio, talento operativo, memoria futbolera y una capacidad única para convertir cualquier evento en algo emocional.

México sabe ser anfitrión.

México sabe poner alma.

México sabe hacer que el visitante se enamore.

Pero también sabe maquillar avenidas sin resolver baches.

Sabe levantar escenarios sin arreglar lo que pasa detrás.

Sabe llenar ceremonias sin llenar hospitales.

Sabe poner vallas sin garantizar justicia.

Sabe recibir turistas, aunque muchos ciudadanos no se sientan cuidados.

Y ese es el problema.

El Mundial no será solamente una fiesta.

También será un espejo.

Y los espejos no tienen partido político.

Solo devuelven la imagen.

Si el país está organizado, se verá organizado.

Si está tenso, se verá tenso.

Si está orgulloso, se verá orgulloso.

Si está excluido, también se verá excluido.

Minuto ochenta y cinco.

El partido entra en zona de definición.

Afuera del estadio también hay país.

Está el maestro inconforme.

Está el trabajador que no alcanza.

Está el aficionado que soñó con llevar a su hijo y terminó viendo precios imposibles.

Está el joven que ya no cree en la Selección, pero igual se sienta a verla.

Está la familia que hará carne asada frente a una pantalla porque el estadio quedó fuera de su vida.

Está el vendedor ambulante al que tal vez muevan para que no ensucie la postal.

Está el policía que cuidará un evento al que jamás podría entrar como aficionado.

Está el empleado que servirá cervezas, limpiará baños, acomodará gente, abrirá puertas y verá pasar frente a él una fiesta que también debería ser suya.

Ese México no aparece en el palco.

Pero existe.

Ese México no siempre compra boleto.

Pero paga impuestos.

Ese México no sale en la ceremonia.

Pero sostiene al país.

Ese México no cabe en la zona VIP.

Pero también cuenta.

Tiempo agregado.

El balón queda botando frente al arco.

La pregunta sigue ahí:

¿La inauguración del Mundial calmará los reclamos al gobierno?

Tal vez por unas horas.

¿El gobierno puede pasar aceite?

Claro que sí.

Sobre todo si confunde una ceremonia con una solución, una postal con un país, una tribuna llena con una sociedad satisfecha.

Porque el Mundial puede ser un éxito y aun así dejar una pregunta incómoda:

¿Éxito para quién?

Para FIFA, seguro.

Para las marcas, seguro.

Para los patrocinadores, seguro.

Para los turistas, probablemente.

Para el gobierno, si la foto sale bien.

Pero para millones de mexicanos, el Mundial será otra cosa: una fiesta mundialista vista desde la sala, desde la fonda, desde la banqueta, desde el celular, desde la televisión de siempre.

México abrirá la puerta al mundo.

Pero a muchos mexicanos les tocará mirar por la ventana.

Silbatazo final.

El estadio canta.

La cámara enfoca la bandera.

Los funcionarios aplauden.

Los invitados sonríen.

FIFA cobra.

El mundo mira.

Y afuera, como siempre, queda el país real: el que trabaja, protesta, paga, aguanta, se emociona, se enoja, prende la tele y todavía quiere creer.

El Mundial no es el enemigo.

La simulación sí.

Porque no se puede vender como fiesta del pueblo un evento al que el pueblo apenas puede asomarse.

México será sede.

El mundo será invitado.

Los machucones tendrán boleto.

Y el pueblo mexicano, los de siempre, tendrán que conformarse con la tv o el radio.

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