Hay un discurso que se repite cada vez que hay manifestaciones en la Ciudad de México: “afectan a terceros”, “no son las formas”, “hay otras vías”, “se politizan”, “generan caos”.
Es el guion clásico del poder
El mismo poder que, curiosamente, llegó muchas veces caminando… en marchas.
Porque hay algo que pocos dicen: gran parte de la clase política actual —de todos los partidos— se formó protestando. Desde el movimiento estudiantil del 68, pasando por la organización social tras el sismo del 85, hasta movilizaciones electorales en los 90 y 2000, la calle fue su escuela.
Muchos de los que hoy gobiernan alguna vez cerraron avenidas, tomaron plazas o encabezaron protestas. En ese momento, marchar era legítimo, necesario, incluso heroico.
Hoy, desde el poder, el discurso cambia
Las marchas ya no son “expresión social”, ahora son “provocación”. Ya no son “derecho”, ahora son “problema”. Ya no son “voz del pueblo”, ahora son “grupos manipulados”.
Y en los hechos, la contradicción es todavía más evidente: los mismos que marcharon hoy levantan vallas, encapsulan protestas y blindan el Zócalo.
No es casualidad, es comodidad
Porque cuando no tienes el poder, la calle es prácticamente el único recurso real para ser escuchado. En México, históricamente, las instituciones han sido lentas, cerradas o francamente inaccesibles. La marcha no es la primera opción… es la última.
Pero cuando ya estás arriba, escuchar incomoda. Y entonces se recurre a minimizar: que si son pocos, que si están infiltrados, que si no representan a nadie.
La historia se repite
Ahí están las fechas que no se pueden borrar: 2 de octubre de 1968 — Tlatelolco. El Estado reprime un movimiento estudiantil días antes de los Juegos Olímpicos. 19 de septiembre de 1985 — CDMX. La sociedad se organiza tras el sismo y suple al gobierno. 1 de diciembre de 2012 — CDMX. Protestas por la toma de protesta presidencial y represión en las calles. 8 de marzo — CDMX. Las marchas feministas se consolidan como la mayor expresión social contemporánea del país.
Y no es solo México: 28 de agosto de 1963 — Washington. La marcha por los derechos civiles redefine la agenda en Estados Unidos. 9 de noviembre de 1989 — Berlín. La presión social derriba un muro que parecía permanente. 25 de enero de 2011 — Egipto. La calle tumba a un régimen de décadas. Junio de 2019 — Hong Kong. Millones desafían al poder pese a la presión internacional.
La constante es clara: cuando la gente se organiza, el poder tiembla.
Y aún así, cada generación de gobernantes actúa como si fuera la primera vez.
En 1968, el gobierno desestimó a los estudiantes hasta que decidió reprimirlos días antes de los Juegos Olímpicos. La prioridad era la imagen internacional, no la inconformidad interna.
Hoy el contexto es distinto, pero el incentivo es el mismo.
Estamos en un año mundialista
México será vitrina global: turismo, inversión, narrativa internacional. Y con eso, presión por mostrar una ciudad funcional, ordenada, “sin ruido”.
Pero los problemas no se suspenden por calendario.
Habrá marchas, muchas
Laborales, feministas, estudiantiles, ambientales, políticas.
Y también hay focos claros que pueden escalar:
El magisterio, por ejemplo, mantiene demandas históricas que siguen sin resolverse de fondo: condiciones laborales, carga administrativa, modelo educativo, pagos atrasados en algunos estados y negociación salarial permanente. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ha demostrado durante años que cuando presiona, paraliza la ciudad.
Y no son los únicos
Sindicatos de transporte, salud, universidades y servicios públicos suelen leer muy bien el calendario político. Un año con exposición internacional es, también, un momento ideal para intentar negociar lo que en otro contexto sería innegociable.
Ese es el punto que pocos quieren decir en voz alta: Las marchas no solo son protesta. También son herramienta de presión.
Y en un año como este, esa herramienta vale más
Ahí es donde veremos la verdadera postura del poder: si escucha… o si contiene. si dialoga… o si administra el conflicto. si entiende la historia… o la repite.
Porque en México ya hay un patrón:
El poder no deja de escuchar… aprende a ignorar mejor.
Y cuando eso pasa, la calle vuelve a hablar.
Pero a mí nadie me preguntó.















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