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La Cuauhtémoc y la oposición ya tiene jinete rumbo al 2027 en la CDMX

Cartoon of a man in an office with books, papers, and a laptop saying "ANÁLISIS."

Columna de Opinión de Juan Ortega.

IA

A Alessandra Rojo de la Vega sus adversarios intentan frenarla con acusaciones, auditorías, tribunales y pleitos de calle. Pero cada golpe parece convertirla en una figura más fuerte. Y si el tablero sigue moviéndose como hasta ahora, no solo será una alcaldesa incómoda: puede convertirse en la figura opositora más fuerte rumbo a la disputa por la Ciudad de México.

En política hay una frase que suele explicar mejor las derrotas que cualquier encuesta: no entienden que no entienden.


Y eso parece estar pasando con Alessandra.

Sus adversarios llevan casi dos años intentando frenarla por todos los caminos posibles: primero en campaña, después en tribunales, luego con recuentos, más tarde con acusaciones de violencia política de género, ahora con auditorías, denuncias administrativas y una confrontación abierta por el comercio ambulante en Cuauhtémoc.

Pero el problema no es que la investiguen. Eso es válido. Todo gobierno debe ser revisado, auditado y cuestionado. El problema es que cada intento por detenerla termina alimentando el mismo relato que la hizo crecer: el de una mujer que ganó una alcaldía clave, incomodó a grupos de poder y desde entonces no la han dejado gobernar en paz.

Woman in orange jacket and cap being interviewed outdoors. Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa de Cuauhtémoc.Cuartoscuro.

Los datos están ahí

El 11 de mayo de 2024, siendo candidata, Alessandra denunció un ataque armado contra la camioneta en la que viajaba. No hubo lesionados, pero sí impactos de bala y una carpeta de investigación abierta por la Fiscalía capitalina. Sus adversarios hablaron de montaje. Ella habló de persecución política.

Luego vino la elección del 2 de junio de 2024. Ganó la Cuauhtémoc por alrededor de 11 mil votos frente a Catalina Monreal. Morena impugnó. Se pidió recuento. Se revisaron casillas. La diferencia se sostuvo.

Después llegó el golpe más fuerte: el 31 de agosto de 2024, el Tribunal Electoral de la Ciudad de México anuló la elección en la alcaldía Cuauhtémoc al considerar que Alessandra había cometido violencia política de género contra Caty Monreal. La resolución salió con votación dividida y terminó definida por el voto de calidad del presidente del Tribunal.

Era, en los hechos, quitarle la alcaldía antes de que pudiera tomar posesión.

Pero el Tribunal Electoral federal revocó esa nulidad y confirmó su triunfo. Después, la última impugnación también fue rechazada. La elección quedó firme.

Ese episodio debería haber dejado una lección: cuando se fuerza demasiado una acusación, cuando se estira la liga jurídica para convertir una crítica política en causal de nulidad, el efecto puede salir al revés. En lugar de debilitarla, la volvieron símbolo.

Y ahora parece que vuelven a hacer lo mismo.

En 2026, Morena presentó denuncias contra la administración de Alessandra por presuntas irregularidades en contratos. El señalamiento habla de 16 contratos por más de 97 millones de pesos, supuestamente vinculados a empresas relacionadas con Grupo Meor. La Auditoría Superior de la Ciudad de México inició una auditoría forense identificada como ASC/1F/2025.

Eso no debe minimizarse. Una auditoría no es un ataque por sí misma. Si hubo irregularidades, deben probarse. Si hubo simulación, debe sancionarse. Y si no la hubo, también debe decirse con claridad.

Pero hasta este momento hay que hablar con precisión: hay denuncias, hay auditoría, hay señalamientos. No hay una sentencia pública que pruebe desvío de recursos ni corrupción. Y eso cambia todo.

Porque una cosa es exigir cuentas y otra es instalar mediáticamente una condena antes de que exista resolución.

El problema de sus adversarios es que no parecen estar entendiendo el fenómeno. Creen que la forma de pararla es acumular acusaciones. Pero cuando esas acusaciones no están bien explicadas, no están probadas o se mezclan con pleitos políticos evidentes, terminan reforzando su discurso.

Lo mismo ocurre con el tema de las detenciones y la seguridad

Se le quiere responsabilizar de cosas que una alcaldía no puede hacer sola. Una alcaldesa no es fiscal. No es jueza. No ordena por sí misma carpetas de investigación ni sentencias. Las alcaldías tienen facultades en vía pública, recuperación de espacios, permisos, vigilancia, proximidad y coordinación. Pero la investigación de delitos corresponde al Ministerio Público y a las policías bajo su conducción. La seguridad en la Ciudad de México es responsabilidad del Gobierno capitalino, en colaboración con las alcaldías.

Entonces, cuando se le acusa de operar como si tuviera todo el aparato penal en sus manos, el argumento se cae.

Y cuando el pleito se lleva a la calle, peor.

El 16 de junio de 2026, Alessandra denunció que ella y parte de su equipo fueron agredidos durante una revisión de permisos de comercio ambulante en la Zona Rosa. Dijo que los atacaron con palos, piedras y armas blancas, y señaló a personas vinculadas con Diana Sánchez Barrios. La Secretaría de Seguridad Ciudadana habló de una riña. Ella respondió que no fue riña, sino una agresión coordinada.

Diana Sánchez Barrios, por su parte, acusó abuso de autoridad, pidió orden y no criminalización del comercio popular, y llamó a retomar mesas de diálogo.

Person in striped shirt, necklace, and bracelets with a thoughtful expression. La alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la VegaCuartoscuro.

Hasta ahí, cada quien tiene su narrativa

Pero en política no solo importan los dichos. Importan las imágenes. Y la imagen de una alcaldesa enfrentando grupos de comerciantes en la vía pública, mientras del otro lado aparece una estructura históricamente ligada al control del ambulantaje en el Centro Histórico, no la debilita: la fortalece.

Aquí entra Diana Sánchez Barrios.

Hay que decirlo completo: Diana también ha sido víctima de violencia. En octubre de 2024 sufrió un atentado a balazos en el Centro Histórico, en un ataque donde murió una persona y otras resultaron heridas. Eso no se puede minimizar ni celebrar. La violencia política y criminal debe condenarse venga de donde venga.

Pero haber sido víctima no borra el resto de la historia.

Diana Sánchez Barrios fue detenida en 2021 y vinculada a proceso por extorsión agravada y robo agravado en pandilla. Después obtuvo prisión domiciliaria y ha sostenido que se trató de persecución política. Su madre, Alejandra Barrios Richard, histórica lideresa del comercio ambulante en el Centro Histórico, también fue detenida ese año acusada de extorsión y robo en pandilla. En ambos casos, la familia ha sostenido que se trató de persecución.

Hay que decirlo con precisión: acusación no es condena. Proceso no es sentencia. Y nadie debería ser tratado como culpable sin resolución judicial firme.

Pero tampoco se puede pedir memoria selectiva.

La familia Sánchez Barrios ha estado durante décadas ligada al control del comercio ambulante en el corazón de la Ciudad de México. Su nombre aparece una y otra vez cuando se habla de ambulantaje, cuotas, disputa territorial, control de calles y poder informal.

Por eso resulta políticamente débil que Diana Sánchez Barrios quiera colocarse como autoridad moral frente a Alessandra Rojo de la Vega.

No porque Alessandra sea intocable. No porque su gobierno no deba ser auditado. No porque sus decisiones no puedan cuestionarse. Sino porque quien viene de una historia pública tan cargada no puede subirse al púlpito como si representara la pureza institucional.

Ese es el error estratégico.

Poner a Diana Sánchez Barrios como rostro de la confrontación contra Alessandra no debilita a la alcaldesa. La fortalece. Porque convierte el pleito en algo mucho más grande que una diferencia administrativa. Lo vuelve una pelea entre la recuperación del espacio público y estructuras tradicionales que durante años han disputado el control de la calle.

Y en esa fotografía, Alessandra gana.

No porque necesariamente tenga razón en todo. No porque su gobierno no tenga errores. No porque sea invencible. Sino porque está haciendo algo que sus adversarios deberían recordar muy bien: hablarle directamente a la gente.

Eso fue parte del fenómeno de Andrés Manuel López Obrador. AMLO no necesitaba que los medios lo defendieran. Él construyó su propia plaza pública. Le hablaba directo a sus seguidores, convertía cada ataque en persecución, cada crítica en prueba de que iba por buen camino y cada intento de frenarlo en combustible político.

Alessandra, guardadas todas las proporciones, entendió esa lógica.

Sale a la calle. Prende el celular. Muestra el problema. Señala responsables. Se pelea de frente. Se victimiza cuando le conviene. Polariza cuando le sirve. Y, sobre todo, comunica sin intermediarios.

Sus adversarios creen que están combatiendo a una alcaldesa. En realidad, están alimentando a una figura política.

La Cuauhtémoc no es cualquier alcaldía. Es el corazón político, económico, cultural y simbólico de la Ciudad de México. Ahí están el Centro Histórico, Reforma, Roma, Condesa, Juárez, Buenavista, Doctores, mercados, oficinas, marchas, turismo, ambulantaje, negocios, bares, hoteles, medios y poder.

La alcaldesa de Cuauhtémoc Alessandra Rojo de la Vega. Cuartoscuro.

Gobernar Cuauhtémoc es gobernar una vitrina

Por eso lo que pase ahí no se queda ahí.

Morena ganó 11 de 16 alcaldías en 2024, recuperó terreno en la capital y mantuvo la Jefatura de Gobierno. Pero perdió Cuauhtémoc. Y esa derrota dolió porque no fue una alcaldía más: fue una derrota en el centro del tablero.

Hoy Alessandra ya no es solo la alcaldesa de Cuauhtémoc. Es una marca política. Una figura que incomoda, conecta, polariza y pone nerviosos a sus adversarios.

Algunas mediciones ya la colocan como el perfil panista mejor posicionado rumbo a la Jefatura de Gobierno. Otras la ubican como una de las alcaldesas mejor evaluadas de la capital. Ella misma ya dijo que buscará la reelección en 2027 y, aunque no ha querido saltarse etapas, nadie en la política capitalina ignora que su nombre empieza a sonar para una pelea mayor.

Falta mucho. Demasiado. En política cuatro años son una eternidad.

Pero si sus adversarios siguen usando la misma receta —tribunales, acusaciones, auditorías convertidas en espectáculo, pleitos callejeros y vocerías que la hacen ver como víctima—, pueden terminar construyendo justo lo que querían evitar: una rival competitiva para disputar la Ciudad de México.

A Alessandra no la van a frenar gritándole corrupta sin sentencia. No la van a frenar acusándola de detenciones que no corresponden a sus facultades. No la van a frenar poniéndole enfrente liderazgos cargados de historia en el ambulantaje. No la van a frenar convirtiendo cada operativo en una batalla campal.

Si quieren vencerla, van a tener que hacer política. Política seria. Con datos, resultados, calle, propuestas y estrategia.

Porque hasta ahora, sus adversarios no parecen estarla debilitando.

La están entrenando.

Y si todo sigue caminando así, Alessandra Rojo de la Vega no solo será una alcaldesa incómoda. Hoy parece ser la figura opositora más fuerte, más visible y más difícil de desmontar rumbo a la próxima gran disputa por la Ciudad de México.

Pero a mí nadie me preguntó

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