¿Las moscas solamente buscan comida, evitan peligros y vuelan sin rumbo? Un nuevo estudio de Harvard realizado por investigadores de Harvard plantea una posibilidad mucho más interesante: estos pequeños insectos son capaces de explorar y manipular objetos, aprender de sus experiencias y modificar su comportamiento, en una conducta que tiene características similares al juego.
El descubrimiento se produjo durante una serie de experimentos con Drosophila melanogaster, la conocida mosca de la fruta. Los científicos colocaron pequeñas pelotas de plástico en un entorno controlado y observaron qué ocurría cuando los insectos interactuaban con ellas.
Lo que encontraron sorprendió al equipo.
Las moscas comenzaron a jugar con pelotas
Durante el experimento, las moscas no se limitaron a pasar cerca de las pequeñas esferas. Comenzaron a empujarlas, hacerlas rodar, agarrarlas con las patas y manipularlas utilizando su propio cuerpo.
Algunas incluso caminaron sobre las pelotas para hacerlas desplazarse.
Los investigadores registraron cerca de 30 mil interacciones realizadas por 48 moscas macho, lo que permitió analizar cómo cambiaba su comportamiento con el paso del tiempo. Investigación de Harvard sobre las moscas y las pelotas
Pero lo verdaderamente llamativo no fue que las moscas tocaran los objetos, sino que parecieron aprender de esas experiencias.
Descubrieron qué pelotas podían controlar
Conforme las moscas tenían más encuentros con las pelotas, comenzaron a mostrar una preferencia por aquellas que permanecían estables.
Esto sugiere que los insectos podían distinguir entre diferentes propiedades físicas de los objetos y utilizar la información obtenida durante experiencias anteriores.

Para los científicos, este comportamiento resulta especialmente interesante porque implica algo más complejo que una reacción automática.
La mosca aparentemente explora el objeto, obtiene información y después ajusta su conducta.
Ese proceso es precisamente uno de los motivos por los que los investigadores consideran que el comportamiento presenta características similares al juego.
¿Realmente podemos decir que las moscas juegan?
Aquí existe una diferencia importante.
Los científicos no aseguran que una mosca juegue de la misma manera que un perro, un gato, un primate o un niño.
En cambio, encontraron comportamientos espontáneos de exploración y manipulación de objetos acompañados de aprendizaje, características que pueden encontrarse en conductas relacionadas con el juego en otros animales.
Por eso, el descubrimiento resulta tan interesante: demuestra que un cerebro diminuto puede generar comportamientos mucho más sofisticados de lo que tradicionalmente se podría imaginar.
El cerebro de la mosca también tiene la respuesta
Los investigadores fueron un paso más allá y estudiaron qué ocurría dentro del cerebro de los insectos.
Identificaron un conjunto de neuronas conocidas como células H-Delta, ubicadas en una región cerebral llamada complejo central.
Cuando estas neuronas fueron silenciadas, las moscas dejaron de mostrar de la misma manera la preferencia que habían aprendido por las pelotas inmóviles.
Esto proporciona evidencia de que determinadas células nerviosas participan en la capacidad de estos insectos para aprender sobre las propiedades de un objeto y modificar su comportamiento en consecuencia.

Un cerebro diminuto que puede aprender
El descubrimiento es relevante porque las moscas de la fruta poseen un sistema nervioso extremadamente pequeño en comparación con los mamíferos.
A pesar de ello, pueden aprender, recordar experiencias, orientarse mediante estímulos visuales y ahora se ha observado que también pueden desarrollar comportamientos complejos al interactuar con objetos.
Los resultados podrían ayudar a los científicos a comprender mejor cómo funcionan los circuitos neuronales relacionados con la exploración, el aprendizaje y la toma de decisiones, incluso en cerebros muy pequeños.
Así que la próxima vez que una mosca parezca estar dando vueltas alrededor de un objeto, quizá no esté simplemente volando sin rumbo.
Tal vez esté explorando su entorno.
Y aunque todavía sería exagerado decir que las moscas juegan como los humanos, el experimento de Harvard demuestra algo fascinante: detrás de esos diminutos cerebros puede existir una capacidad de aprendizaje mucho más sofisticada de lo que imaginábamos.









