Hoy parece que para hacer montaña hay que demostrar demasiadas cosas. Hay que tener el equipo, la ropa y la certificación correcta. Hay quienes juzgan al que no lleva casco, al que no pertenece a una escuela, al que camina de otra manera o al que simplemente entiende la montaña desde otro lugar.
No estoy en contra de la preparación. Todo lo contrario. Conocer sobre montañismo, leer sobre la ruta, saber las condiciones del lugar, llevar el equipo adecuado y entender los riesgos puede hacer la diferencia entre regresar a casa o no hacerlo.
Eso lo aprendí perdiéndome en la montaña, pero también creo que, en el montañismo, hemos perdido algo.

El camino comenzó sin tener todas las respuestas
Corría el año 2006 y nosotros apenas comenzábamos a descubrirlo. Éramos cuatro jóvenes: Isaías, de 20 años; Antonio y Esaú, de 19, y yo, con 25.
La iniciativa de comenzar aquella aventura fue de uno de mis primos: quería explorar y nosotros lo acompañamos. Así comenzó nuestro grupo, bautizado precisamente en aquella ruta de los perdidos como Club Alpino AIRE.
No nació con grandes pretensiones. Después de aquella salida, se fue convirtiendo en un grupo inclusivo, compartido y solidario.
Nos gustaba la aventura. Nos gustaba estar juntos y tampoco es que supiéramos demasiado.
Yo había tenido una salida a la montaña un año antes y otra mucho más atrás, cuando tenía 11 años y mi papá me llevó. Esa era prácticamente mi experiencia. Nuestros primeros destinos fueron el Iztaccíhuatl y el Nevado de Toluca. En el camino fuimos conociendo a más personas.
AIRE, para mí, no era solamente subir una montaña.
Era la camaradería.
Era cocinar alrededor de una fogata.
Era el café, los bisteces, las papas y las salsas que preparaba mi mamá y que calentábamos en la leña.
Era "La Vaquita", una perrita que apareció durante una caminata.

Eso también era hacer montaña.
No todo tenía que ser una cumbre.
Pero hubo una salida que terminó por enseñarnos mucho más de lo que imaginábamos.
La ruta de los perdidos
Isaías comandaba la misión. Nuestro plan era hacer la ruta San Rafael-Amecameca y terminamos bautizándola como “la ruta de los perdidos”.
La intención era hacerla en dos días, no en tres. Comenzamos a subir por un tubo que alimentaba de agua al pueblo, con la idea de llegar a Nexcolanaco y, desde ahí, continuar hacia el Valle de la Luna.
Caminábamos sin brújula, solo con un mapa hecho a lápiz por Joshúa Fernández, un amigo de la familia.
No teníamos GPS ni celulares para pedir ayuda.
Nos adentramos en la montaña y la montaña comenzó a enseñarnos.
Nos perdimos.
Nos resbalamos.
Terminé con medio pantalón, raspado y cansado.

Las mochilas pesaban demasiado. No llevaba sleeping; llevábamos cobijas. Nuestra casa de verano terminó mojándose.
Caminamos durante horas. Según lo recuerdo, desde aproximadamente las cinco y media de la tarde hasta las dos de la mañana del viernes 8 de septiembre.
A veces creo que pasamos por el 'Caracol'. Otras veces ya no estoy seguro.
Después de tantos años, quizá esa parte de la historia también se perdió en la niebla.
Lo que sí recuerdo es el cansancio.
La comida comenzó a escasear.
La niebla no nos dejaba ver.
La lluvia apareció.
Caminábamos y caíamos en hoyos que no alcanzábamos a distinguir.
Y seguimos caminando.
Hasta que llegamos a un barranco.
Ahí dejamos de pensar en la aventura.
Había que sacar a uno de nosotros.
Nos quitamos los cinturones para hacer una especie de cuerda. Primero sacamos las mochilas y después al compañero.
No había tiempo para demostrar quién era el más fuerte.
No había espacio para el ego.
Siempre estuvimos juntos.
Al final conseguimos salir. Llegamos a un pueblo cercano a Amecameca cuyo nombre nunca supe.
Tomamos un camión y regresamos a casa llenos de lodo, con la ropa rota y el cuerpo lleno de raspones.

Lo que la montaña dejó
Hoy aquella historia parece de película.
Solo que nosotros sí estuvimos ahí.
Y lo más curioso es que, a pesar de todo, nos reíamos.
Llevábamos una cámara de rollo y todavía tuvimos tiempo para tomarnos fotografías. No había una fotografía inmediata para subir a las redes.
La foto era el recuerdo, no el objetivo del viaje.
Con los años entendí que aquella salida fue producto de nuestra inexperiencia y que muchas de las cosas que hicimos pudieron evitarse. Hoy no recomendaría a nadie hacer lo mismo.
Pero hay algo de aquella experiencia que no quiero perder.
No nos separamos.

Y quizá por eso salimos.
Hoy tenemos más información, mejores equipos, tecnología, escuelas, cursos y profesionales. Todo eso es bienvenido. La montaña no debe tomarse a la ligera.
Lo que me preocupa es cuando la preparación se convierte en soberbia.
Cuando alguien se pierde y las redes inmediatamente buscan un culpable.
Cuando una persona aparece sin casco y cientos de expertos, desde la comodidad de su teléfono, deciden que saben exactamente qué ocurrió.
Cuando las críticas se hacen sin conocer la historia.

Cuando parece que para pertenecer a la montaña hay que pagar miles de pesos, tener determinada ropa, determinado equipo o haber pasado por determinada escuela.
Aprender es importante.
Pero no todo conocimiento tiene un certificado.
A veces, cuando uno se pierde, puede terminar ayudándolo un campesino o nativo del lugar que conoce la montaña desde niño y que jamás necesitó una escuela para saber por dónde se sale.
Eso también es conocimiento.
Y tampoco estoy en contra de que una agencia cobre. El transporte cuesta, los vehículos cuestan, el equipo cuesta, la comida, los permisos, los seguros y la logística tienen un precio.
Lo que cuestiono es el abuso.
Hay precios que circulan en redes que convierten la montaña en un lujo y pseudoguías que parecen más interesados en vender una experiencia que en asumir la responsabilidad de llevar personas a un lugar donde la naturaleza no negocia.
Porque la montaña no sabe cuánto costaron tus botas.
Tampoco sabe cuántos seguidores tienes.
No le importa si llegaste primero.
Y mucho menos si llevas el uniforme correcto.
La montaña solamente está ahí.

Y nosotros somos los que tenemos que aprender a caminar sobre ella.
Quizá por eso extraño algo del montañismo de aquellos primeros años.
No la falta de preparación.
No la imprudencia.
No el desconocimiento del peligro.
Extraño la comunidad.
Extraño que el más rápido esperara.
Que nadie quisiera dejar atrás al último.
Que compartir una comida fuera tan importante como alcanzar una cumbre.
Que una fogata pudiera reunir a personas que ni siquiera pertenecían al mismo grupo.
Que la montaña fuera un lugar para encontrarnos y no un escenario para demostrar quiénes somos.
Porque al final, después de 20 años, eso es lo que más me ha enseñado la montaña:
a valorar a las personas.

Aquella vez salimos buscando un camino hacia Nexcolanaco y el Valle de la Luna.
No encontramos exactamente lo que buscábamos.
Nos perdimos.
Pero en aquella pérdida encontramos algo que todavía permanece.
Encontramos la amistad.
Encontramos la solidaridad.
Encontramos la importancia de caminar juntos.
Y quizá, sin saberlo, encontramos AIRE y 20 años después podemos decir que seguimos caminando con muchas historias en nuestros hombros.











Las lluvias continuarán en distintas zonas de la Ciudad de México durante este jueves.Servicio Meteorológico Nacional.