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La oposición que nadie reconoce… hasta que ya es demasiado tarde

De la tinta de Juan Ortega.

Illustration of a man in suit before a bustling congress scene with a Mexican flag.

De la tinta de Juan Ortega.

IA
Illustration of a man in suit before a bustling congress scene with a Mexican flag.

Nos siguen vendiendo una historia que ya no existe: que la oposición en México es el PRI y el PAN. Pero basta revisar lo que pasó esta semana en el Congreso para entender que eso ya cambió.

La reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no avanzó como estaba planteada, y no fue por una gran victoria de la oposición tradicional. Fue porque el bloque oficialista ya no vota en automático.


El Partido Verde y el PT condicionaron su apoyo. Movimiento Ciudadano votó en contra. Y Morena tuvo que negociar. Ese dato, por sí solo, rompe la narrativa dominante: el poder ya no es un bloque compacto.

Esto no es menor. Morena y sus aliados han dominado el Congreso desde 2018 con mayorías suficientes para sacar reformas clave. Pero cuando los aliados se vuelven bisagra, dejan de ser aliados y se convierten en poder.

Hoy, el Verde y el PT no están acompañando: están cobrando.

Mientras tanto, afuera del aparato, empiezan a consolidarse perfiles que sí generan conversación pública.

Alejandra Rojo de la Vega gobierna una de las demarcaciones más complejas del país. Su activo no es solo el cargo: es la narrativa de confrontación directa.

Luis Donaldo Colosio Riojas viene de gobernar Monterrey y hoy está en el Senado. Tiene estructura en Nuevo León y una ventaja que pocos tienen: reconocimiento nacional sin desgaste total.

Pero hay que decirlo como es: ninguno de los dos hoy tiene capacidad real de competir contra el aparato federal.

Porque en México, el poder no solo se gana con discurso. Se gana con estructura territorial, presupuesto, operación política y control legislativo.

Y ahí está el punto que incomoda: si cualquiera de estos perfiles estuviera dentro de Morena, tendría acceso a programas sociales como base de movilización, respaldo legislativo automático y exposición nacional constante.

No es una opinión. Es el diseño del sistema actual.

Del otro lado, dentro del gobierno, también se están acomodando las piezas. Perfiles como Omar García Harfuch, Rosa Icela Rodríguez y Luisa María Alcalde no están administrando su presente: están construyendo su siguiente posición.

Porque en la política mexicana, el gabinete no es destino, es plataforma.

Si esto suena conocido, es porque ya pasó: cuando López Obrador usó la jefatura de Gobierno como plataforma nacional, cuando Vicente Fox convirtió una gubernatura en candidatura presidencial, cuando Cuauhtémoc Cárdenas rompió con el sistema para construir uno nuevo.

La oposición en México nunca ha sido un bloque institucional. Siempre ha sido una acumulación de momentos políticos.

Entonces, ¿dónde está hoy la oposición real?

No en los discursos del PRI o del PAN. No en las conferencias.

Está en tres lugares concretos: en los aliados que ya no votan en automático, en los liderazgos locales que sí gobiernan y crecen, y en las tensiones internas del propio oficialismo.

Ahí se está moviendo el poder.

El problema es que esa oposición no se asume como tal. No rompe, no confronta de forma sostenida, no construye alternativa nacional.

Porque hacerlo implica perder acceso al sistema. Y hoy, en México, el mayor activo político no es ganar elecciones: es no salirte de la mesa.

México no está sin oposición. Está en una fase más sofisticada y más peligrosa, donde la competencia no desapareció, solo se volvió menos visible.

Los que podrían competir no tienen aparato. Los que tienen aparato ya están pensando en el siguiente cargo.

Y mientras todos administran su lugar, nadie está construyendo un verdadero contrapeso.

Al tiempo veremos quién se atreve a romper el sistema o si, como tantas veces en este país, la oposición volverá a nacer desde adentro.

Pero a mí nadie me preguntó…

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